Voy tardísimo: leí este cuarto poemario de Cristina Peri Rossi en julio, cuando todavía ni había escrito la reseña del anterior, y luego me fui de vacaciones y dejé pasar el tiempo sin tener el libro a mano para escribir algo decente. Lo que siguen son por tanto unas notas rápidas, escritas tirando de la memoria más intensa contrastada con alguna relectura, que siento no estarán a la altura de un poemario que me gustó muchísimo y que te pega en el estómago un golpe firme y doloroso.
La obra está compuesta por dos partes: «Estado de exilio» y «Correspondencia(s) con Ana María Moix», ésta última con una forma que recuerda al poema «Diáspora» de su anterior libro pero también a las cosas que yo escribía borracha, después de haber esto llorando y bebiendo sola, cuando tenía 19 años. Tiene partes buenas pero en general no consiguió atraparme, como «Diáspora» sí que lo hizo. La primera parte, ah, eso es otra cosa.
En Estado de exilio no se tarda en entrar. No hay, como en Diáspora, poemas preliminares, dotados de una saturación menor, que nos preparen para lo que se viene. Es como si la autora hubiera querido retomar el trabajo justo donde lo dejó, en la cima de su poemario anterior, y considerara que hasta entonces apenas ha sido capaz de transmitir porciones pobres y miserables de lo que siente. Desde el principio ataca: la construcción de un cuerpo colectivo (los exiliados que vagan y pasan hambre y tienen sueño y rebuscan en sus bolsillos alguna moneda que echar a la cabina telefónica, ¿no son acaso un único cuerpo multiforme y sedoso?), la primera persona del plural que se personaliza sólo en momentos excepcionales, la ranura por la que miramos momentos concretos de la pérdida y la desorientación particulares.
Con respecto a Diáspora, el recurso más interesante que Peri Rossi incorpora es la confrontación constante entre el viaje y el exilio. Ese «y me fui porque si los mataba / me llevaban preso» del exiliado que se reivindica francés frente a dos turistas uruguayos. El «dónde he venido a parar, / si mi abuelo lo supiera, / (…) / lo habría contado a sus compañeros / y todavía me hago famoso» amargo en «París, 1974». Y el qué para mí es uno de los poemas más tremendos del conjunto: «Aquel viejo que limpiaba platos / en una cafetería de Saint-Germain / y de noche / cruzaba el Sena / para subir a su habitación / en un octavo piso / sin ascensor sin baño / ni instalaciones sanitarias / era un matemático uruguayo / que nunca había querido viajar a Europa».
La otra diferencia son las palabras duras, la violencia explícita pero sin aspavientos, la imagen que no se vela sino que se escupe con simpleza. Es, en ese sentido, un poemario con mucha más carga política, mucho más capaz de señalar la dictadura y la pobreza, de contar lo que se ha visto sin quitarse por ello de encima la carga de la culpa de haber sobrevivido. Quizá, de manera poco convencional, está toma de posición está declarada en ese: «Te dije: / ‘Se necesita mucho valor / para tanta muerte inútil’. / Pensaste que me refería a América Latina. / No, hablaba / de morir en la cama, / en la gran ciudad, / a los ochenta o a los noventa años».
Me cuesta no enumerar todo ese dolor bellísimo al que Peri Rossi da forma escrita. Dos menciones solamente. La primera: una maravilla titulada «Gotan» donde se reniega de la esperanza de volver en versos que se van confundiendo con los de la canción de Carlos Gardel. La segunda: «Barnanit», el poema que cierra el conjunto, escrito 30 años más tarde que el resto y recogido también en Estrategias del deseo (con la necesidad en los labios: temblando estoy por llegar). Lo del amor, ay.