Cuarto de desechos (y otras obras).

Leí a Carolina María de Jesús entre finales de julio y los primeros días de agosto, como comienzo de un pequeño recorrido lector por algunos lugares, momentos, luchas y esperanzas de los hombres y mujeres de Brasil. Comencé el libro (una traducción arriesgada por parte de Txalaparta, que ha hecho un trabajo excelente en colaboración con el Laboratorio de Traducción de la Universidad de Los Andes en Colombia) en los descansos escasísimos de mi jornada laboral, y lo terminé en un autobús con asientos reclinables que me llevaba de Angra dos Reis a São Paulo en un viaje de más de ocho horas. En São Paulo, 70 años antes, Carolina María de Jesús escribía el diario que terminaría convirtiéndose en este libro.

He leído tanto sobre la autora y su obra en las últimas semanas (el prólogo y epílogo del propio libro, el buenísimo texto preliminar que lo acompaña, y una sala entera del Museu Afro de Brasil que funciona como entrada a la biblioteca que lleva su nombre) que me cuesta escribir algo que considere mínimamente propio y original, a pesar de que en el Estado español la brasileña sea una perfecta desconocida. Nacida en una zona de interior en los años 20 del siglo pasado y descendiente de antiguos esclavos, Carolina María migró a la gran metrópoli para acabar convirtiéndose en favelada y recogedora de basura. Su forma de escribir la revela como una mujer con una fuerte consciencia de sí misma, honesta en su forma de ver la vida y con un carácter duro y descreído fruto de años y años de miseria y de protegerse a ella misma y a sus hijos de múltiples violencias. En ocasiones, sin embargo, se cuelan en su diario algunos rayos de ilusión infantil que, junto con las confesiones de cansancio y desesperación, la humanizan y la muestran como lo que todos somos: seres humanos complejos, plagados de matices y siempre en posesión de un cierto margen de agencia propia.

Carolina escribe para sobrevivir, en múltiples sentidos: para no renunciar al diálogo interno y a la consciencia de las cosas que ocurren en su propia vida, para encontrar refugio en mitad de entornos hostiles y violentos a los que se siente ajena (primero en la favela; más tarde, tras el éxito de su libro, en la alta sociedad brasileña donde ella sólo ve dobles caras y relaciones interesadas), para dotarse en un cierto sentido de un cuarto propio en la chabola de dos por tres metros en la que vive con sus hijos. Pero lo hace también por pasión y por ambición, porque cree en el poder de la escritura y porque su sueño es ser escritora. En su amor por los libros y en su orgullo por su capacidad de leer y escribir, así como en su firme resolución de no casarse nunca para no perder su autonomía en manos de ningún hombre, hay una entereza y una fuerza que, más que sobrenaturales, son profundamente humanas.

Cuarto de deshechos fue una recomendación de Lucas antes de viajar a Brasil, y funciona como una ventana a la realidad social de un país que, en 1960, se lanzaba de cabeza a la senda de la modernización con todas sus consecuencias: explosión de las diferencias sociales, migraciones masivas de pobres del campo a las grandes ciudades, multiplicación del tamaño de las metrópolis, proliferación de la pobreza urbana, etc. La edición de Txalaparta recoge, junto a Cuarto de desechos (el diario de su vida en la favela que la lanzó a la fama), Casa de ladrillos (donde retrata su vida en los círculos culturales y de la alta sociedad brasileña del momento, que se publicó sin éxito) y dos relatos hasta ahora inéditos en castellano: «Favela» y «¿Dónde estáis, Felicidad?».

Puestos juntos, los dos diarios de Carolina forman un díptico súper interesante levantado sobre una escritura muy particular en sus rasgos, mezcla de formas toscas y giros elaborados, que engancha desde el primer momento y se reconoce orgullosa de su propia existencia. Carolina habla de racismo, de su condición de mujer negra y pobre, del hambre, de la vergüenza por ir sucia por no poder comprar jabón, de reforma agraria y de su admiración por Fidel, pero también de su cariño por los niños y de lo mucho que le gusta madrugar para mirar el cielo. Y al final, la ternura: «Hay momentos en que tengo ganas de dar un grito para que todo el universo me escuche: ¡Viva mi libro! ¡Vivan mis dos años de escuela primaria! Y vivan los libros, porque es lo que más me gusta, después de Dios».

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