Una historia colectiva: el éxtasis colectivo de la Antigüedad a nuestros días.

Con Barbara Ehrenreich doy por cerrado el itinerario de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista que comencé en enero y que me ha acompañado en este medio año lleno llenísimo de intensidad y de goce. Podéis encontrar todas las reseñas agrupadas en la etiqueta Deseo, donde se irán sumando en el futuro lecturas pendientes que no han cabido o sabido encontrar su sitio ahora, y seguro que muchas otras. Dudé si dejarlo aquí o prolongarlo durante todo el año, pero al final opté por parar por dos razones. La primera es la necesidad de descansar: vivo desde hace tiempo en un estado de saturación emocional que me esfuerzo por sublimar de manera constante, pero también hace falta cerrar los ojos de vez en cuando y simplemente dormir y respirar despacio y no gemir ni llorar a cada mínimo roce. La segunda es puramente práctica: me voy de vacaciones (largas de verdad por primera vez en mi vida) y me apetece leer cosas más frívolas y tranquilas y sumergirme un poco en la literatura de los sitios por los que estaré viajando. Así que, por el momento, ahí queda. He disfrutado mucho estos casi siete meses de inmersión en el disfrute.

Una historia de la alegría es un libro fascinante, irreverente casi, que realiza una investigación por las diferentes formas de rituales extáticos que han existido a lo largo de la historia de la humanidad. Éxtaticos: que conducen al éxtasis. Que alteran el estado normal de existencia para permitir estados alterados de sentido y de conciencia, donde los límites del yo se disuelven haciendo posibles acciones y percepciones que no podrían darse de otra forma. El título del libro es, en ese sentido, toda una declaración. «Sospecho que muchos lectores tendrán puntos de referencia similares -sean tanto religiosos como recreativos- respecto al material de este libro y que, al igual que yo, se preguntarán: si poseemos esta capacidad para el éxtasis colectivo, ¿por qué apenas la ponemos en práctica?».

Estructurado como un recorrido cronológico, el libro pone en relación una serie de fenómenos colectivos íntimamente conectados: los bailes extáticos de los pueblos colonizados (aquí Ehrenreich desglosa y critica de manera divertidísima y muy oportuna todos los comentarios e interpretaciones que desde la antropología y otras ciencias sociales del momento se realizaron), los festivales dionisiacos en la antigua Grecia, algunas prácticas colectivas del primer cristianismo, la celebración del Carnaval en la Europa medieval. A los fenómenos de represión de la alegría (de persecución de las celebraciones extáticas, entre otras cosas, por la dificultad para controlarlas y para acotar sus efectos sociales) se le dedican también capítulos propios: la condena moral al baile e incluso a la música que se impuso en el Imperio Romano, la aniquilación material pero también cultural que los conquistadores realizaron en América, el calvinismo y la Contrarreforma, etc.

Al final del libro hay algunos capítulos bastante curiosos que confrontan fenómenos contemporáneos o relativamente recientes (los grandes eventos fascistas de hace un siglo, por ejemplo, o los macroeventos deportivos y los conciertos de rock de las últimas décadas) con las festividades extáticas. Una historia de la alegría se publicó por primera vez en inglés en 2006, algo que explica parcialmente por qué la cronología que maneja la autora apenas nombra como algo embrionario las prácticas carnavalescas de protesta que tan comunes fueron del ciclo de los Foros Mundiales y el movimiento antiglobalización. Siendo cierto que ella se centra en los despliegues estéticos del movimiento y no tanto en la experiencia extática, creo que la lectura se complementaría muy bien con el libro de Julia Ramírez Blanco, Utopías artísticas de revuelta, especialmente con las partes dedicadas al movimiento «reclaim the streets». También me he acordado mucho del librito Bailar hasta morir editado por Antipersona (ahora Levanta Fuego) y echado mucho en falta alguna referencia a lo más parecido al éxtasis colectivo que he experimentado yo jamás: las freeparties y el movimiento rave.

El libro es, hay que decirlo, una delicia. Barbara Ehrenreich es de las mejores divulgadoras a las que se puede leer, además de una erudita y una mujer con una comprensión bastante avanzada de qué cosas valen verdaderamente la pena en la vida (y, en consonancia, de qué temas merecen verdaderamente ser trabajados). Durante toda la lectura hubo un único momento donde torcí el gesto con hastío: cuando viene a decir que el marxismo se equivoca y que no se pueden explicar ciertos procesos históricos de cambio social en base a «la economía» (en concreto, la expulsión de las celebraciones bailadas y de las mascaradas fuera de las iglesias), para a continuación proceder a desarrollar una explicación absolutamente materialista del mismo. Me da mucha rabia cuando gente tan lista demuestra de forma tan estúpida no haber comprendido cosas tan sencillas. Y al final, a ella le fascina la capacidad de las festividades extáticas de borrar temporalmente las jerarquías sociales, mientras que yo escupiría en la cara de cualquiera que pretendiera que debo mezclarme (y más para compartir y para dejarme ir) con cierta gente.

Destaco sólo, y muy someramente, tres de las cosas que más me han gustado. La primera es sensibilidad y centralidad desde la que se abordan todas las cuestiones relacionadas con los procesos de racialización y colonización, y la capacidad de entender el modo en que todo esto se conecta con las necesidades de explotación del Capial, así como el esfuerzo que se hace (en mi opinión, preciso y muy logrado) por descentralizar el relato tanto de Europa como de las visiones europeas sobre otros territorios. La segunda son los capítulos en los que se propone una vía para la transición entre Dioniso y Jesús (todo el capítulo dedicado al cristianismo primitivo es una gozada, pero ese «Cristo crucificado fue, y quizá no sólo de forma simbólica, Dioniso renacido» me hizo estremecerme de gusto).

La tercera es la hipótesis que se plantea al principio del libro: que el baile surge como una necesidad humana básica pues es la manera que tenemos de crear y consolidar grupos humanos grandes. Dice Ehrenreich: «Mucho antes de que los pueblos tuviesen un lenguaje escrito y posiblemente antes de que se hicieran sedentarios, ya bailaban y consideraban la danza una actividad lo bastante importante como para registrarla en piedra. (…) Ninguna otra especie lo ha conseguido. Solo nosotros estamos dotados de esa clase de amor que Freud fue incapaz de imaginar: un amor, o al menos una afinidad, que une a las personas en grupos muy superiores a dos». Y también (como mantra de vida): «Extraer placer de unas vidas sometidas a las penalidades y a la opresión es un logro meritorio; alcanzar el éxtasis es una especie de triunfo».

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