Llegué hasta Militancia alegre buscando una lectura con la que completar algunos vacíos del itinerario sobre deseo, placer y existencialismo alegre que comencé hace unos meses. Me interesaba especialmente leer sobre la interpretación spinozista de las pasiones, algunos aspectos de la movilización de los afectos, y en general sobre la vinculación entre emoción y actuación – entre lo personal y lo político. Desde esta búsqueda, el libro ha resultado ser casi exactamente lo que suponía y contener pasajes muy útiles y bonitos. Casi toda la primera mitad me resultó bastante interesante, a pesar de diverger de los autores en puntos importantes y de que, como menciono más adelante, sostienen en ocasiones auténticas chorradas. Creo que una lectura menos enfocada, que contenga en un principio mayores expectativas globales para el conjunto del libro, se habría visto decepcionada. No ha sido mi caso. Voy a tratar de explicar cuáles han sido los puntos que más me han gustado y cuáles las limitaciones más problemáticas.
Primero. La idea de la tristeza y las pasiones tristes como desarticuladoras y desmovilizadoras (nos aíslan, nos reducen, nos dejan exhaustos y carentes de energía), y de la alegría y las pasiones alegres como activadoras y movilizadoras (nos impulsan a actuar), no por ya conocida es menos sugerente y empíricamente cierta. Me gusta que bergman y Montgomery insisten en que con alegría no pretenden hablar de felicidad ni de aceptación acrítica del estado de cosas. La militancia alegre no es el mandato de ser felices sino la búsqueda consciente por activar potencias que ya existen en nosotros. Se define la alegría como la «capacidad de hacer y sentir más»: un estado de ánimo que sólo puede realizarse relacionalmente y que surge del reconocimiento de la capacidad de poder cambiar la propia vida y sus circunstancias. Los primeros capítulos, centrados es esta concepción de la alegría como pensamiento-sentimiento que surge de volverse capaz, que está integrado por muchas emociones al mismo tiempo, y que no se consigue esquivando el dolor sino a través de él, constituyen la parte más potente y que más he disfrutado del libro.
Segundo. Hay una defensa de lo colectivo y de la comunidad que logra no acabar recayendo en la huida individualista del mundo. Tengo especial inquina contra quienes eligen el escapismo como táctica de supervivencia: neorrurales (pero no sólo) que creen estar construyendo mundos nuevos en sus comunidades autogestionadas sin vínculos con la realidad, donde pueden vivir acordes con su conciencia mientras millones de personas de clase trabajadora agonizan por todo mundo – el único que existe. No hay en Militancia alegre ningún rasgo de este egoísmo camuflado (algo que no sería tan raro, teniendo en cuenta la adscripción ideológica de sus autores), pues no se propone lo colectivo desde lo identitario sino desde lo relacional. El enfoque relacional que atraviesa todo el libro me convence bastante y permite articular planteamientos muy lúcidos y útiles políticamente.
Tercero. A lo largo de todo el texto (escrito en Canadá) existe un esfuerzo constante por mantener una sensibilidad ampliada en lo que a los procesos de racialización, colonización y expolio material y cultural se refiere. En algunos momentos el fantasma del relativismo total parece asomarse por la puerta, alternándose con un empeño casi ridículo por recalcar en todo momento que ambos autores son blancos (y colonos, fórmula que no termino de entender a menos que hayan participado de prácticas conscientes de ocupación de tierras en el presente). Sin embargo, es en esta parte donde está uno de los aportes que más me sorprendió leer y que más acertados me parecen: frente a la práctica acomplejada de abrazar culturas ajenas como buenas en sí mismas (que cae demasiado rápido en la utilización y la apropiación cultural, y que refuerza un dualismo estúpido entre esencias buenas y malas), se trataría más bien de recuperar y reivindicar aquellas genealogías y prácticas colectivas potencialmente transformadoras presentes en nuestras propias comunidades. Es desde ahí desde donde el diálogo intercultural es posible y (añado yo) desde donde la solidaridad activa supera el estado de seguidismo culpable para devenir práctica política.
El libro tiene, por supuesto, muchos problemas. El primero son las definiciones que usa para términos relevantes, como ideología, militancia o vanguardia (éste último en concreto es verdaderamente de risa). Como demasiada gente procedente del anarquismo, carla bergman y Nick Montgomery manejan una comprensión absolutamente desnortada de la historia del comunismo y de las motivaciones y aspiraciones de las diferentes corrientes socialistas. El hecho de que para exponer los problemas del «marxismo-leninismo» (sic) se tome como ejemplo un grupo terrorista activo en algunas ciudades de Estados Unidos en torno a 1969 da idea del nivel de ridículo. El alegato contra la ideología no se queda atrás. Como si fuese posible abstraerse de la ideología dominante sin abrazar una explicación alternativa del mundo y de su funcionamiento, o peor: como si se pudiera articular una defensa no ideológica de los intereses compartidos (¿los bienes comunes?) que no acabara comprando el marco de la ideología dominante.
Al final, la principal falla del libro reside en su renuncia implícita a la transformación real de la vida. Si las cosas no es que puedan ser de otra manera sino que ya lo están siendo, y por tanto nuestra tarea no consiste en combatir nada (combatir, qué palabra violenta) sino en permitirnos fluir y ser menos rígidos, entonces lo que se cuela es la aceptación de lo existente. Hay una frontera difusa, a pesar de que los autores arremeten contra ello en un par de ocasiones, entre la militancia de la alegría así entendida y el «si quieres, puedes» de quienes pretenden vivir ajenos a las dinámicas sociales del mundo. También, una comprobación: el empeño por hablar de dinámicas de poder esconde casi siempre una total ausencia de discurso de clase.
Pese a todo, creo que Militancia alegre nos ofrece una defensa bellísima y muy cierta de la amistad, la afinidad y la confianza como vectores y motivaciones políticas, y que sitúa en el lugar merecido al impulso que nos lleva a obrar y que, en colectividad, podemos llamar alegría. Elementos nada despreciables para transitar el mientras tanto.