Diáspora.

Voy tardísimo con las reseñas (otra vez). Diáspora es el tercer poemario de Cristina Peri Rossi, tras Evohé y Descripción de un naufragio, y fue mi poemario del pasado mes de junio. Lo leí esperando una intensidad parecida a la del anterior, que me había pillado además en el momento perfecto, y resultó no ser exactamente eso (o, quizá, no estar yo en el mismo momento). Lo erótico aquí tiene mucho más que ver con la erótica de Evohé, ese juego ambivalente mujer-deseo-palabra que resulta cautivador en algunos puntos pero que a mí no termina de convencerme. Es, si se quiere, un poemario más doloroso y algo más político, al menos en lo que a nombrar la tristeza y la soledad se refiere. El título es perfecto en ese sentido: un poemario de la diáspora y del desarraigo.

Ambas cosas, el desarraigo y esa erótica tan particular de la autora, se juntan por primera vez en el poema más largo de todos, que lleva por título el de la recopilación completa. Hay forma especial en la que Peri Rossi confunde todo el conjunto de emociones humanas con la emoción erótica: mientras la pulsión funciona, todo lo demás se estabiliza y se carga de energías buenas, como si el deseo fuera capaz de transformar la propia vida o quizá de retirar a quien escribe de ella; en cuanto el primer estímulo sensible trae de vuelta el mundo (los procesos, los recuerdos, la memoria, los anhelos, la tristeza: la diáspora), entonces el deseo se congela y todo es agrio y objeto de odio. «Diáspora» es un poema tremendo, que habla del odio y del embrujo de clase, de las pijas que van de progres, de la pasión siempre situada y de la negativa a amar ajenas a todo lo político y lo material que nos atraviesa. Ajenas a lo que somos.

El desarraigo adquiere en toda la obra una dimensión de abandono afectivo que toma forma poética en lo amoroso: con la diáspora (con el exilio, que dará nombre al siguiente poemario de la autora) se abandona contra la propia voluntad al mismo tiempo que se es abandonada. Sensación de ahogo (el naufragio), de pérdida: «No podía dejar de amarla porque el olvido no existe / y la memoria es modificación, de manera que sin querer / amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía / en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares / en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques / donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas / que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables / como las pocas que habíamos conocido». Cuantísima belleza en el dolor.

Hacia el final del poemario hay, entre las referencias a la estancia de la poeta en Londres, dos series dedicadas. La primera a Alejandra Pizarnik, muy bella, donde sospecho que el nombre de Alejandra se entremezcla con el de alguna amante de Peri Rossi. La segunda a Lewis Carroll (reverendo Charles Dogson), donde la escritura adopta una violencia tremenda hasta sentir que los versos se nos arrojan a la cara como si fueran bofetadas. Desde la sorpresa del «ninguna mujer que coma ostras puede estar traspasada de amor», puesto en cursiva por la propia autora en la parte I de «Aplicaciones de la lógica de Lewis Carroll», los ocho poemas de la serie me han fascinado. Mención especial al III y VI, para mí los más tremendos, y al final del IV: «La Iglesia había prohibido el estupro / a los sacerdotes jóvenes, / pero no la escritura».

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