Empecé este libro tras acabar el de Sara Torres, necesitada de algo ligero que rebajara los niveles de intensidad emocional que me atravesaban. Así que supongo que no deja de ser irónico que me siente a escribir la reseña justo ahora, pero lo cierto es que en su momento cumplió su función a la perfección. Encajado dentro del itinerario de lectura que llevo unos meses haciendo en torno al deseo, el placer y el existencialismo vitalista, Gastrosofía es sin embargo una forma de acercarse al tema desde otros lados. Ameno, divertidísimo a ratos, una celebración del buen vivir que te deja con inmensas ganas de meterte en la cocina.
Pensar desde la comida o con la comida es algo transversal a casi todas las culturas del mundo. No hay que explicarlo demasiado en esta esquina del Mediterráneo en la que las sobremesas son quizá el principal momento de encuentro, celebración e intercambio colectivo. Lo que Eduardo Infante y Cristina Macía (profesores de filosofía, amigos, y amantes de dos de los mayores placeres de esta vida -a saber: comer y beber) nos proponen en el libro es un recorrido por los principales momentos de la historia de la filosofía en Occidente a través de las relaciones específicas de las formaciones sociales de cada época (y de sus sistemas de pensamiento) con el hecho social del comer y con el placer de la comida. Lejos de constituir un tratado de antropología, el libro se convierte en algo ligero, divertidísimo a ratos, donde ambos autores combinan impresiones personales sobre los distintos filósofos con una pasión desbordante por la buena vida.
Cada uno de los diez capítulos centrales está dedicado a un autor y/o corriente filosófica, y tras el examen de su criterio en torno al noble arte de compartir mesa, Infante y Macía ofrecen la interpretación contemporánea de una o varias recetas de la época. Algunas, incluso, posiblemente atribuibles al pensador de turno. Todos los capítulos tienen nombres geniales, pero sin duda me quedo con el dedicado a la filosofía árabe y judía en el Medievo, titulado «La reconquista del placer». Casi todas las recetas son largas y atrayentemente sabrosas. Tanto, que a una le crecen aun más las ganas de no tener que someterse a la relación salarial a diario para, simplemente, disfrutar de tiempo para vivir. Y claro: para cocinar.
Quizá la única pega, más allá de un par de comentarios puntuales bastante desubicados sobre el vegetarianismo, sea el capítulo de cierre titulado «¿Y las mujeres qué?». La crítica que se hace a la manera en que la tan cacareada ausencia de las mujeres de los índices de la Historia de la Filosofía ha incidido precisamente en su desaparición es, siendo honesta, excelente. También el señalamiento a la trampa por la que el interés puesto en el género de quien habla o escribe hoy conlleva, paradójicamente, la nula atención puesta en el contenido del discurso. La manera de abordar el problema es tan buena que, viendo el listado de nombres a los que se presta atención en el libro, sólo cabe decir: amiga, amigo, daros cuenta.
Si hay alguien por ahí buscando una lectura entretenida para este verano, Gastrosofía es una buenísima opción. Además, ya se sabe, en verano siempre hay mucho más tiempo, también para meterse en la cocina. Un poco por concluir, esto del prólogo: «Nosotros, los gastrósofos, amamos la filosofía del gozo, la ciencia de los apetitos donde se fusionan la amistad y la conversación, la risa escandalosa con la bebida, el conocimiento culinario con los saberes del espíritu, el arte y el erotismo, la música y los aromas». Y cómo no.