Lo que hay.

Sé que me va a costar escribir esto. También, que no va a ser una reseña corta. Lo llevo alargado ya un par de semanas, más que nada por falta de tiempo, pero en el fondo también por un miedo inconmensurable a volver a enfrentarme al libro. He releído frases sueltas, algunos párrafos en blucle, durante estas cerca de tres semanas, pero siempre en fotos que hice de las páginas o mensajes que mandé entrecomillados. Demasiado miedo a volver a tocar el libro, a exponerme a páginas enteras, a ver el trazo que mi mano subrayó sobrecogida mientras temblaba. Hay momentos en los que no es posible enfrentarse a una misma. Hoy creo que sí.

Lo que hay es la mejor novela (autoficción, vale) que he leído en mucho, muchísimo tiempo, y lo mejor de este año junto con Eros dulce y amargo de Anne Carson. Me lo regaló Paula por mi cumpleaños. Paula siempre regala los mejores libros y escribe las mejores dedicatorias. Cuando empecé a leerlo, una noche que no podía parar de llorar, le escribí sin mucho sentido porque sentía que era imperiosamente necesario compartir con alguien que me pudiera entender lo que me estaba pasando. Que el riesgo de no hacerlo era gigante. Una intuición. Yo tirada en la cama llorando, los ojos a veces cerrados y a veces tremendamente abiertos, volviendo de manera obsesiva a una misma frase (la última que había leído), pasada ya medianoche y escribiendo a Paula sin tener ni idea de qué decirle. Ella sí: que estaba obsesionada con ese libro, que había necesitado escribir conforme lo iba leyendo, y que cuando me lo regaló dudó de si era el libro correcto pero que luego pensó que yo estaba justo en el momento adecuado. Quiero muchísimo a Paula y es una de las personas más listas que conozco.

«A veces parece que el miedo y el amor son una sola cosa», escribe Sara Torres. No sé por dónde empezar. Casi todas las cosas que son verdaderamente importantes ahora mismo en mi vida lo son también en el libro: una intensidad sobresaturada, la exactitud estética, la búsqueda de la ternura, el amor que nos atraviesa y lo transforma todo y no puede encerrarse en un solo cuerpo, la apreciación de las cosas bonitas y buenas, la relación de dolor con la madre («la piel de mi madre, un punto de pertenencia, dolor y antustia»), la identificación en la mujer de la que vienes a través de años y años de incomodidad y de ansiedad y de chantaje (y la forma bellísima en que Sara no descubre esto hasta el final, y la manera en que en ese punto mi actitud de envidia se transformó en comprensión al darme cuenta de que yo actuaría de la misma forma en que lo hace ella: el amor -qué mal pero qué bien- era eso). También, de manera clave: el papel de la amistad, la forma en que sus antiguas amantes son sus amigas más íntimas. El extraño privilegio de la intimidad compartida. Y la forma de vivir, comprender y anhelar el sexo. Su frustración histérica al mudarse con D., ese «no me dejaste ser tu amante como sé serlo». Como sé serlo. El deseo.

Hay algunas cosas importantes en el libro que no existen en mi vida, claro. La primera es la enfermedad. Pero la forma en que la autora describe los cambios en el cuerpo de su madre tiene un cierto parecido con la vejez, una vejez acelerada e injusta que transforma a las personas y les obliga a adoptar actitudes nuevas ante la vida. La piel suave sobre el cuerpo, las dificultades para andar, la pérdida de músculo. Lo frágiles que verdaderamente somos.

La segunda es, sí, una cuestión de clase. Lo noté por primera vez cuando habla de su trabajo en la universidad, que aparentemente (esto lo descubrimos más tarde) le permite vivir sola en un piso cerca de Plaza España y que ha conseguido incluso antes de presentar la tesis. La sospecha. Luego, diversos detalles: su pasión por los hoteles buenos, que yo también tengo pero donde no podría permitirme dormir regularmente y jamás se me ocurriría pedir caviar rojo al servicio de habitaciones; la tranquilidad con la que describe la casa de la familia de Ella, como si no hubiera en esa exuberancia minimalista nada extraño; la alusión a haber estado acostumbrada a montar a caballo. No puedo pretender que nadie escriba desde un lugar que no es el suyo, y sería imposible que Lo que hay fuese ni la mitad de bueno de lo que es si en él hubiera algo mínimamente impostado. Pero la absoluta normalidad con la que se mencionan cosas que a mí (hija de clases medias y educada en una cierta frivolidad económica en lo que a los placeres respecta) me son tan ajenas, produce un efecto de extrañamiento y relativa irrealidad en la novela.

De todas las cosas ciertas que Sara Torres utiliza para dar forma al libro, sin duda la más trascendental y la que las sobredetermina a todas es su forma de pensar los afectos. Si aceptamos la idea de que las pasiones nos movilizan en un sentido que imbrica lo emocional y lo físico (idea que yo abrazo encarecidamente), entonces los modelos estancos se desmoronan solos, los marcos rígidos dejan de tener sentido. Hay unos capítulos, cuando D. se muda a Barcelona, en que la complejidad de los vínculos se hace evidente de una forma sangrante, dolorosa pero también muy bella. Es un poco así como yo lo veo: todo afecto es problemático, toda pasión es terrible, todo compromiso emocional implica vulnerabilidad y dolor. Podemos renunciar a ello. Podemos negar este hecho y fingir que la realidad encaja en un debería ser frígido e impostado. O podemos abrazar la vida con su dolor y su riesgo y hacerlo lo mejor que sepamos en cada momento, tratando de aprender por el camino y negándonos a aceptar la culpa.

He leído Lo que hay enfrentándome con el cuerpo deshecho a toda una cascada de decisiones importantísimas sobre mi vida y dando gracias por la belleza. Reconociéndome en ese «placer enorme, desproporcionado en la sensibilidad y la apreciación del detalle en el tacto» que se convierte prácticamente en razón de vida. La piel: la piel y el tacto. Arrasada ante las descripciones del sexo con Ella y la forma en que se enamora de ella. Ese reconocimiento de que el deseo se encarna en los gestos (se hace carne) y de que el romanticismo y el amor pueden llegar desde sitios muy distintos y por caminos muy dispares. Y que no son excluyentes. Supongo que hay pasiones que son universales.

He leído Lo que hay llorando estrepitosamente ante ese intento de autocomprensión, de disección emocional, de examen personal a una misma en la que me veo inserta desde hace meses y que Sara Torres expone de manera tan exacta. Sara en casa de Ella: «No sé quién era yo antes de llegar y no me importa lo más mínimo». Sara mentando a su padre: «Deseábamos la vida de un modo que superaba nuestras creencias y nuestras morales». Sara al mudarse con D.: «Por amor he llegado aquí y también he ido perdiendo el enlace a otras vidas posibles». La eterna pregunta de qué es lo que nos vincula de manera estable, qué es lo que nos hace seguir. Si acaso tiene que ser inmutablemente la misma cosa. Y al final, lo más cierto y tremendo: «Pero mi deseo de tocar y ser tocada nunca termina. Solo en la temporalidad de la escritura y del tacto consigo decir, ser sincera». Menuda barbaridad. Gracias, gracias, gracias.

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