Cuando terminé de leer T.B.O. hace un par de meses, el segundo libro de poemas de Alfonso Sastre, quedé atrapada por la dedicatoria que aparecía escrita en la página siguiente, la que da inicio en su Obra lírica y doméstica al tercer poemario. Tres escuetas líneas rezan: «A Eva, / de prisión a prisión. / Alfonso». Un escalofrío. Pero no necesariamente un escalofrío de terror, sino también y quizá primeramente un escalofrío por el amor, por la belleza, por el fondo humano de lo que implica… ¿comprender la poesía, ser comunista? No sé. El caso es que se me quedó atrapado en el pecho y creo que ahí sigue, alimentando las razones para seguir viviendo como vivo.
Decía M. que a ella Sastre le gusta más como cronista de época que como poeta, pero que tiene poemas por los que hay que quererle mucho. Su «Balada de Carabanchel», escrita entre el 20 de diciembre de 1974 y el 12 de enero de 1975, es sin cosa uno de ellos. Y posiblemente (además de una incomparable crónica de época) uno de los poemas más bestias que yo haya leído, que mejor combina lo personal y lo político (amor, en todos los sentidos) y que, a mi juicio no experto, más redondo es en el terreno estético y literario. Qué cosa tremenda.
La historia es simple; conocida, incluso: Eva Forest, compañera del poeta y madre de sus tres hijos, es detenida y acusada de colaborar en el atentado de la Calle del Correo y en el asesinato de Carrero Blanco. Tras varios días de torturas, entra interna a la prisión femenina de Yeserías, de donde no saldrá hasta la Amnistía de 1977. Alfonso recibe una llamada que le insta a huir de casa. La cara de sus amigos le asedia desde la televisión de todos los bares. Piensa si acaso ella llegará a salir viva. Visita a viejos conocidos, todos le cierran la puerta, nadie quiere verse relacionado, demasiado riesgo el ser solidario. Llega a plantearse el exilio. Finalmente, se presenta en el Gobierno Militar como última alternativa imaginable a morir por las palizas en el sótano de una comisaría sin registro de entrada. Desde la cárcel de Carabanchel, donde pasó ocho meses y medio, le escribe una balada a Eva. Ella estaba entonces condenada a muerte.
La Balada es verdadera y bella desde el principio. Sastre enhebra en ella su tan característica reflexión sobre la propia vida, que es al mismo tiempo motivos y genealogía, y desde el pensamiento sobre el yo llega al contexto histórico español y a su particular contexto vital. Los motivos por los que se hace comunista. La humildad ante el mundo. La inaceptación de las miserias del mundo. La primera vez que tuve que contener un grito de admiración (por el giro político, narrativo y estético, todo al mismo tiempo) fue con el tercer poema, «Nota a Santiago Carrillo». Los motivos por los que se fue del Partido Comunista. La vergüenza íntima. La confusión consciente de los sujetos. La claridad política absoluta. Ese: «camarada / a quien yo no abandono / no me abandones tú / marchándome».
A partir del sexto poema («Nada nuevo», descripción de las torturas que Eva y otros amigos han sufrido en la DGS) empecé a llorar. Ya no paré. La comprensión del modo en que a muchas nos atraviesa lo colectivo: «De qué puedo quejarme? / Quejarnos sí podría». La cobardía de quien teme demasiado a las implicaciones como para ser solidario: «Esta ciudad es un desierto con tres millones de habitantes digo». Pero también el escalofrío final de «Despertar en celda de castigo» (poema 14): «Estamos en huelga de hambre / Somos 18 / Alfonso Antonio oís? / estamos con vosotros / La lucha sigue se me saltan las lágrimas / y me río».
La ternura inevitable que regula la vida y el amor que lo inunda todo, el amor como motor. En «De prisión a prisión», poema 12, incapaz de ser comprendido por el carcelero: «joder y dice que la ama / qué tíos / estos presos políticos estos jodidos comunistas / puñeteros / enamorados / sucios / hablan de amor los muy canallas». Y en «Versos en los que no se sabe cómo decir las cosas», que tiene un final bellísimo que lo condensa todo y que he releído no sé cuántas veces: «Compañera no estamos solos pero yo / estoy solo contigo muchas veces / iluminados ambos / por esos rostros luminosos / de nuestros hijos / Te amo te amo y ya ni sé decirlo / Aviso a los compañeros que acudan / Escribo urgentemente: / Veo cuervos / vuelan sobre nosotros / camaradas del mundo / camaradas stop«.
Una belleza y una verdad demasiado densas como para pretender reflejarla toda. Solamente otras dos cosas: una fe materialista absoluta en la fuerza del internacionalismo y de la solidaridad obrera, y una capacidad apabullante para transmitir los estados psicológicos por los que pasó esos meses. Para mí Alfonso Sastre se revela, aquí, como un poeta buenísimo. Y como apunte curioso, hay unos versos en «Octavilla urgente por mi compañera» (poema 16) que me saltaron al leerlos como si de Carlos Catena se tratara. Dice Sastre: «no sé formad / comités de apoyo salid a la calle / emplead / todos los efectivos de que dispongáis / toda vuestra imaginación en esta lucha». Y escribe Catena, 45 años más tarde: «repitamos hoy el procedimiento: / formar comités salir a la calle clamar / que la tristeza y este dolor en el pecho / cada domingo por la tarde / no son la vida que queremos». Quiero creer que en ese repitamos el procedimiento hay un bellísimo homenaje.
(La Balada está encabezada por unos versos de Quevedo: No sabe pueblo ayuno temer muerte. / Armas quedan al pueblo despojado. Escribe Sastre en «A los compañeros conocidos y desconocidos», poema 15: Somos así los socialistas / No sabe pueblo ayuno temer muerte).