Eros dulce y amargo.

Hacía mucho, mucho tiempo, que un libro no me hacía tambalearme de semejante manera. Anne Carson es un monstruo. Eso lo sabemos, por supuesto. Pero es impresionante cómo sigue consiguiendo pasarte por encima con cada nueva lectura suya. Releía ahora las notas que escribí tras La belleza del marido, el título con el que la descubrí y el primer poemario del esfuerzo por leer poesía de manera sistemática que emprendí hace ya tres años. Decía entonces que lo que Carson consigue en ti no es exactamente enganche (no hay giros trepidantes, ni intrigas no resueltas ni nervios por el próximo acontecimiento) sino algo mucho más auténtico: amor, belleza, verdad. Eros dulce y amargo es la demostración exacta de esto, y pensar que fue una de sus primeras obras me hace estremecerme.

De manera un tanto irónica (y diría que ella es perfectamente consciente de esto, y que lo disfruta), Carson desglosa la relación entre amor y escritura consiguiendo que el lector, la lectora, se enamore de ella. «Fredo se enamora de un texto redactado por Frisias», escribe. ¿Es posible que no lo haga a propósito, que no haya intención en la forma en la que va tejiendo el relato hasta tenernos con el corazón abierto, con el aliento en vilo, con las pupilas dilatadas y todo el resto de trastornos que ella enumera tan detalladamente? «Me gustaría comprender por qué estas dos actividades, enamorarse y llegar a saber, me hacen sentir tan genuinamente viva», escribe Anne Carson en una arrebatadora primera persona del femenino singular. Y a partir de ahí da forma al libro más sensual, inteligente y deliciosamente bello que he leído en mucho tiempo. Un libro sobre estrategias para controlar el tiempo, sobre la trampa y la seducción de la letra escrita, sobre el deseo como momento sin escapatoria y sobre la posibilidad de ser versiones mejores de nosotras mismas.

Supongo que, como varias otras cosas en el último tiempo, este libro llega en un momento especialmente concreto de mi vida. Que por eso me afecta tanto. Mi lectura es una lectura condicionada (como todas) por estados emocionales concretos y reflexiones vitales y relacionales particulares. No creo que Eros dulce y amargo pueda no funcionar en cualquier otro contexto, pero sí me parece que la importancia que concedo a ciertos elementos del libro está marcada por mi particular lectura. Entre ellos: la pregunta constante sobre qué es lo que nos gusta de enamorarnos («Superpongamos a la pregunta ‘¿qué desea el amante del amor?’ las preguntas ‘¿qué desea el lector de la lectura?’ y ‘¿cuál es el deseo del escritor?'»), la constatación de lo que buscamos es sentir el deseo en sí mismo (devastada con esto), todo el debate en torno a las estrategias de triangulación, y muy especialmente la comprensión de Eros como carencia y la constatación de que este descubrimiento proporciona al amante una consciencia mayor y más profunda del propio yo, un sentido acentuado de la propia personalidad.

Estoy deslumbrada. Siento que tanto mi mente como mi capacidad de apreciación sensorial y deleite estético se han expandido de maneras impensables. Si «los que aman flotan en ‘ese mero fragmento de angustia’, el presente indicativo del deseo», qué tremendas implicaciones para la vida y qué tentación el buscar habitar siempre ese instante, el no ver esa angustia como un trastorno incapacitante sino como un punto de ampliación de la comprensión del mundo. Como un trampolín hacia la grandeza.

Carson escribe, tranposísima, perfectamente consciente de lo que está haciendo, que leer «es casi como estar enamorado». Menuda intensidad de mujer, menuda bestia, menuda sensibilidad exquisita. Y cierra esta obra de arte recurriendo a Sócrates: «Él consideró que el riesgo valía la pena, porque estaba enamorado de la seducción misma. ¿Y quién no lo está?».

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