En la órbita del itinerario de lectura que estoy haciendo por el deseo y el placer, El libro de los placeres vino a mí en forma de préstamo o de regalo temporal, si se quiere (ja, toma gratuidad sin contraparte de la realmente existente, jódete Raoul Vaneigem). Del que fuera, junto con Guy Debord, uno de los principales impulsores de la Internacional Situacionista, Traficantes de Sueños ha decidido editar un libro bastante posterior, publicado inicialmente en 1979. Más allá de las derivas y autojustificaciones personales (no conozco especialmente la trayectoria de Vaneigem), me parece que la época explica buena parte del tono y el contenido del libro. En 1979 ha pasado ya más de una década desde los mayos del 68. Es el año de la subida al gobierno de Margaret Thatcher. Buena parte de quienes durante sus años estudiantiles nutrieron el movimiento hippy en Estados Unidos han pasado a engrosar las filas del libertarianismo yuppie. Supongo que buena parte de las tonterías que Vaneigem dice en el libro tienen demasiado que ver con todo esto.
Comencemos con lo que sí es interesante. El libro de los placeres tiene varias virtudes, que supongo presentes en mayor medida en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, escrito en 1967. La principal es situar el centro motor de la acción humana en la búsqueda del placer. O, dicho más bonito (tal y como lo escribe él): en la realización de los placeres. Sostener que el anhelo de transformación de la sociedad en la que vivimos no nace sola ni principalmente del rechazo de la miseria y la injusticia, sino de la voluntad de vivir más felices y gozosos, sitúa la celebración y la dicha como motivaciones mucho más fuertes que el odio y el miedo. Nos saca de un escenario resistencialista y de mediocre autodefensa para llevarnos hasta un plano superador de lo existente, donde la imaginación funciona de una manera poderosa y los deseos de placer y belleza regulan la acción política.
Esto conecta con lo que Vaneigem nombra como vouloir-vivre o volunté de vivre. Voluntad de vivir, de proclamar la vida ante todo («plutôt la vie», que había escrito Breton en un poema que se multiplicó por las paredes de París y Nanterre durante ese Mayo y que yo llevo tatuado en el brazo). La vida como sinónimo de la realización de los placeres y como inversión de la esclavitud salarial y la explotación capitalista. Entra aquí el que para mí es el otro punto fuerte del libro: que los placeres mercantilizados no son más que la constatación de la impotencia para gozar. El señalamiento del modo en que la compra-venta del goce anula la posibilidad de su disfrute, de su verdadera celebración, de la realización de unas necesidades que jamás podrá colmar la figura muerta de la mercancía. La fundamental diferencia, en fin, entre tiempo libre y tiempo liberado, que tan trascendente es para todo programa político que pretenda transformar la vida.
Dicho esto, Raoul Vaneigem ha logrado caerme verdaderamente mal. Para empezar, se mueve siempre en una ambigüedad entre el rechazo del egoísmo «mercantil» o «de la economía» y la reivindicación bastante poco soterrada de un egoísmo rampante en la actividad humana. Su horizonte de «una sociedad autorregulada de autogestión total» en base a la realización de los placeres individuales no contempla la posibilidad del rechazo ni de que la búsqueda del placer de ciertos individuos pueda pretender ultrajar a otros. Parece creer en la existencia de algo parecido a unos anhelos puros, instintivos, inscritos en la biología humana, que solamente se pervierten de manera dañina debido al influjo de la economía y el intercambio. Cae también en la típica trampa de todo flipado (o, si se quiere, de todo burgués abrazando posturas insurreccionales): convocar al rechazo masivo del trabajo en sí mismo (más que de la relación salarial) y al ejercicio del robo sin cuestionarse la necesidad del trabajo para la reproducción humana. La dimensión colectiva sólo se nombra en una ocasión a lo largo de todo el libro, en un argumento sin cerrar que termina por no explicarnos nada.
Vaneigem parece posicionarse (así lo dice en una ocasión) contra la opresión de género y el machismo, pero abraza los postulados más misóginos del psicoanálisis (denunciando, eso sí, su mercantilización) y nos otorga a las mujeres una otredad absoluta y una personalidad sexual esencialista, biologicista e incuestionable. Su obsesión con la sexualidad de las mujeres con hijos y con la propia sexualidad infantil y la pedofilia le lleva a tener que añadir expresamente en esta nueva edición un párrafo aclaratorio explicando que la celebración del deseo sexual no le lleva a justificar la violación ni la violencia.
En una maniobra típica de muchos intelectuales que pretenden accesoria la realidad material, alarga el mantra de la transformación individual hasta afirmar que la proletarización, la opresión, etc., sólo existen en quien les otorga espacio en su persona. Para quien ha tomado la firme decisión de vivir en base a la realización de sus placeres no existen patrias ni economía ni violencia, afirma. Y yo no puedo evitar unas inmensas ganas de abofetear a este imbécil, hijo de un Estado imperial como el belga (¿a qué se ha dedicado este tipo para hacer eso que tanto asco le produce nombrar –ganarse la vida-, a dar clases en una universidad europea?).
Lo peor de todo, sin embargo, son sus reflexiones sobre el concepto de enfermedad. Entiendo que siempre es complicado negociar con según qué autores, pero vergüenza inmensa debería darle a Traficantes haber editado un libro cuyo prólogo («Prefacio a la edición española. Hacer caso omiso de lo que nos prohíbe vivir») habla explícitamente de «una guerra civil entre vacunados y no vacunados» y tontea con muchos de los discursos negacionistas del COVID. Lo que hay dentro de la obra original es casi peor: leyendo con un mínimo de literalidad a Vaneigem, pareciera que el cáncer en sí mismo fuera una decisión del enfermo, que decide someterse a él en vez de dedicarse a vivir sus placeres de manera ajena al intercambio (?). Qué mal llevan algunos, conforme pasan los años, pretender seguir teniendo el mismo concepto de transgresión y escándalo que el que tenían con 13 años.