Pasar mucho tiempo sin leer a Sender es un poco como pasar mucho tiempo sin leer a Duras: duele. Después lo vas olvidando y luego, cuando te rencuentras con un libro suyo, piensas que qué maravilla y que cómo te ha sido posible vivir tanto tiempo sin eso. Yo a Sender le había leído solamente novelas contemporáneas a su tiempo (como mi preferida de todas, 7 domingos rojos) o relativamente cercanas a la época que le tocó vivir (como Míster Witt en el cantón), y siempre me había admirado su capacidad para ubicar la trama en geografías y contextos donde parecía haberse criado. Pese a ello, leerle escribir sobre la Ávila del siglo XVI ha superado de lejos todas mis expectativas. Su forma tan característica de describir las escenas, que no las dibuja sino que las va componiendo a través de retazos de conversaciones, imágenes parciales y acontecimientos fragmentarios, logra generar una atmósfera de realidad/irrealidad que lo empapa todo y que alcanza su culmen en la despedida de los caballeros cruzados dentro de la catedral (maravilla).
El libro, empezando por la edición misma, merece mucho la pena. Siempre apetece recomendar el trabajo de editoriales independientes, pero es que lo de Alfonso Castán y Contraseña es de otra liga. Todo (el formato del libro, la «nota a la edición» donde se explican y enumeran los cambios que se han introducido, la traducción cuando la hay, la ilustración de cubierta – que en este caso me parece especialmente bonita) está siempre cuidado y respetado de manera excepcional. También me ha gustado mucho el prólogo original del propio Sender, especialmente sus reflexiones en torno a la malicia de muchos pretendidos ateos (en el fondo, deformación de la misma moral religiosa por parte de quienes no son más que simples herejes) y a la importancia que el sexo tuvo para el misticismo, equivalente al amor para los románticos. Un poco en la línea de mi búsqueda personal del erotismo en Sender (siempre presente de una forma incomparable) y de la afirmación que él mismo hará más adelante confirmándome un montón de cosas: «La materia, en Teresa como en otras mujeres extraordinarias, no era más que una cadena de reacciones espirituales».
Lo peor del libro es, con mucha diferencia, el prólogo de Cristina Morales. Diré incluso que el tomo mejoraría (en mucho) si no lo llevara. Morales forma parte de una lista de mujeres, breve pero intensa, que me generan rechazo visceral casi desde el mismo momento de saber de su existencia. La buenísima opinión que su Lectura fácil le ha merecido a gente de cuyo criterio suelo fiarme no ha logrado jamás animarme a intentar leerla. La he escuchado en podcasts y entrevistas, lo que ha servido únicamente para reafirmarme en tacharla de gilipollas. Así que este prólogo es lo primero suyo que leo y efectivamente, confirmo: es tontísima. Las casi 20 páginas que ocupa son una demostración de la alta estima en que se tiene a sí misma y una sucesión de motivos para la vergüenza ajena. Que alguien me explique qué tiene de transgresor basar tu personaje en lo que parecía provocador con 13 años. Puedo aceptar que no tenga ni idea de la obra ni la vida del escritor al que está prologando, pero una esperaría entonces que en vez de decir sandeces se centrara mejor en Teresa de Jesús, a la que ella también le ha dedicado un libro. Nada. Lo pasé, incluso, un poco mal de la vergüenza a ratos.
De las cuatro partes en que se estructura el libro («Adolescencia», «Crisis de pubertad», «La pasión» y «Reposo y santidad»), la segunda es la que se me ha hecho más larga. Hasta llegar a los sueños y las visiones de Teresa durante su falsa muerte, la estancia en el pueblo se me hace en algún modo demasiado vacía. Por lo demás, es una delicia leer la reconstrucción que Sender hace de «un caso de psicología femenina muy tentador», posiblemente con el resultado más avanzado, de todo lo que yo le he leído, en ese erotismo suyo tan particular y presente de una manera tan constante en su obra, tan empeñado en vincular la carne a ciertos estados espirituales. Hay en la concentración de Teresa, en sus esfuerzos para forzar las visiones y para lograr sentir el goce provocado por el mensajero de Jesús, una movilización y una utilización extrema de todas sus circunstancias corporales y mentales (la fiebre, el dolor, el frío, el incienso, la sangre) que resulta maravillosa por lo que tiene de cierta (aquí sí, de una manera consciente) en nuestras propias experiencias corporales. El verbo se hizo sexo forma parte de un itinerario de lectura personal que estoy haciendo por los caminos del placer y el deseo.