El buen sexo mañana: mujer y deseo en la era del consentimiento.

Bueno, a ver: este libro es una auténtica pasada. No entiendo por qué no le hice caso a Patt hace ya más de un año cuando me dijo que tenía que leerlo ni por qué he pasado por delante de él en tantas ocasiones sin sentirme llamada. Hasta que, de pronto, en el primer aniversario de la Montonera (id a conocerla, porque Raúl está logrando ser el librero que a mí me gustaría algún día llegar a ser), sentí que tenía que comprarlo. No sé, estas cosas pasan. También es cierto que el libro llega en un momento muy concreto de mi vida (el momento exacto y adecuado), lo que explica que haya tardado menos de dos meses en abrirlo cuando normalmente pueden pasar años entre que compro un libro y que algo me lleva a empezarlo. Eso, y que este mes de febrero he empezado un itinerario personal de lectura sobre deseo, placer y existencialismo vitalista (entendidos en un sentido amplio) que me está haciendo sentir, en sí mismo, profundamente gozosa.

El buen sexo mañana se articula en torno a cuatro capítulos: «Sobre el consentimiento», «Sobre el deseo», «Sobre la excitación» y «Sobre la vulnerabilidad». Por sí mismo, el índice es una promesa. Combinando constantes referencias cinematográficas con un profuso dominio de la literatura médica y sexológica (pero sin caer jamás en la superficialidad de ciertos cultural studies ni en la ansiedad cientifista), Katherine Angel compone una obra que aspira «a un placer maravilloso, universal y democrático independiente del género; a un hedonismo al alcance de todos». Una reivindicación de todo lo que de corporal somos, al mismo tiempo que una liberación de la esclavitud fisiológica en la que demasiado a menudo nos descubrimos al comprendernos como cuerpos. Porque «toda sexualidad es receptiva; todo deseo sexual aflora en una cultura que a su vez lo configura», y «si queremos que el sexo sea gozoso y gratificante, es en sus contextos en los que debemos concentrar nuestros esfuerzos emancipatorios».

De todo el libro, los dos capítulos centrales son quizá los que han tardado algo más en cautivarme. Seguramente porque me forma de vivir mi sexualidad (y, de nuevo, este específico momento vital) me provocaba si se quiere una inversión en las expectativas. Es decir: lo que yo esperaba encontrar en el bloque dedicado al deseo lo encontré (broma fina) en el dedicado a la excitación, y viceversa. El desear con todo el cuerpo, el anhelo que en mi caso es ante todo un estado de sublimación emocional y sensorial, no tiene que ver con la racionalidad del querer o no querer sino con la necesidad física. (He dudado, porque conozco de sobra cómo funciona mi cuerpo y y la necesidad nunca es física en origen, pero cómo escribir «emocional» sin parecer estar refiriéndose a una emocionalidad enamoradiza y sensiblera más que a dejarse siempre arrastrar por lo pasional de los impulsos).

Dos cosas me han afectado especialmente de la lectura. La primera es la manera en que la autora problematiza lo que da en llamar «cultura del consentimiento», verbalizando intuiciones y despejando dudas y sensaciones encontradas que yo cargaba desde hacía tiempo. Lo hace con precisión, pulcramente (qué gran adverbio), sin generar a cambio otras contradicciones mayores. Un alivio. No entro aquí, porque tengo previsto escribir algo más completo al respecto, pero básicamente: dónde queda entonces nuestro derecho a dudar, a no conocernos, a desconocer nuestro propio deseo y a ponernos en riesgo. Dónde queda el placer. Sobre entusiasmo, aceptación sexual y celebración del encuentro, lo dicho: escribiré más tarde.

Es el hilo conductor de la vulnerabilidad, sin embargo, lo que más me ha atravesado a lo largo de la lectura. Desde la exposición sexual y la expresión del propio deseo (que convierte a una mujer inmediatamente en vulnerable) a la asunción de que ningún placer es accesible sin asumir un riesgo, leer a Katherine Angel ha supuesto una reconciliación conmigo misma en una multitud de sentidos. Dice ella que el sexo y el deseo comprometen nuestra sensación de soberanía, de conocernos y de tener el control, y que el placer más intenso sólo es posible entre personas «que se necesitan mutuamente y que comparten un mismo riesgo». Un mismo riesgo. También, que a veces el mayor placer reside en dejar entrar a alguien.

Una mujer que ha escogido el riesgo de ser vulnerable, de mostrarse vulnerable, que expone su cuerpo y todo lo que ella es y pide ansiosa que la persona que tiene enfrente no la dañe, que renuncie a su capacidad para el abuso. Una mujer a la que le pilla desprevenida su propio deseo. Una mujer dispuesta a sentir placer. Lloré con buena parte del capítulo, tengo manchadas las páginas. Escribe Angel: «Recibir el deseo de otro, sorprenderse ante el deseo de otro, es un ejercicio de confianza mutua y negociación del miedo. Cuando funciona, puede parecernos un milagro». Un milagro.

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