Hace justo una semana estaba todavía en Collioure. Leí este libro antes de ir, para preparar el viaje, y la realidad es que me abrió una serie de puertas que no esperaba encontrar y con las que estoy verdaderamente contenta. Últimos días en Collioure no va sobre Collioure, claro, sino sobre Antonio Machado. El texto que da título al libro es el más largo de los «estudios breves» que recoge, todos firmados por Issorel y en general centrados en analizar un poema/verso concreto o una temática a lo largo de la poesía machadiana. El primero, sin embargo, va más allá: hacia el intento de una reconstrucción de los últimos días de vida del poeta, desde la Retirada y el cruce a Francia, hasta su muerte pocas semanas más tarde.
Nunca he sentido una atracción especial por Antonio Machado. Su figura ha estado siempre asociada en mi cabeza a esa imagen rígida y algo cursi que siempre he tenido de la poesía y que trato de romper desde hace dos años. Incluso su persona me generaba sensaciones contradictorias: nunca me he llevado muy bien con los eternos humildes. No sé si este libro me ha reconciliado con él -diría que no-, pero al menos sí me ha permitido apreciar un montón de cosas que desconocía.
En la parte principal de Últimos días en Collioure, Issorel reconstruye la vivencia del exilio. No tanto de la condición de exiliado, que Machado apenas sí tuvo tiempo de experimentar, sino del proceso mismo del exilio: las masas humanas avanzando hacia la frontera en lo que vino a llamarse la Retirada, el cruce a Francia ese 28 de enero (12 días más tarde, el ejército fascista llegaría a Portbou y la Jonquera), el abandono de todo, el no saber de las sobrinas evacuadas a la URSS, el depender de la caridad, la desolación absoluta de la derrota.
Lo que más he disfrutado del libro ha sido, sin embargo, descubrir con asombro y deleite (y sentirme profundamente ingenua a continuación, claro) que intuiciones mías a la hora de escribir, de pulir, de acabar silábica o fonéticamente aún redactando en prosa… no sólo responden a criterios objetivos y evaluables sino que hay además gente que se ha dedicado a estudiarlo y sistematizarlo. Soy una persona quizá quisquillosa cuando escribo, en general bastante autoexigente, y siempre he entendido que el contenido es indisociable de la forma. Incluso (o quizá con más sentido incluso) cuando hablamos de teoría. Una vez leí que que Marx pulía tanto sus escritos no sólo por esa combinación extraña entre personalidad caótica y ambición sistemática; no sólo por el esfuerzo en desarrollar un pensamiento preciso y una conceptualización y propuesta teórica sólida; sino también por un cierto placer-necesidad estético que no puede disociarse de la comunicación escrita. Quizá le he dado a él mis palabras, pero el caso es que yo pienso lo mismo.
En «El último verso», Jacques Issorel desglosa ese «Estos días azules y este sol de la infancia», escrito por Machado en Collioure, de una manera que no fosiliza sino que proyecta y multiplica la belleza y elegancia de ese poema-verso. He disfrutado también mucho el estudio dedicado al romance La plaza tiene una torre, cuya lectura acabé con una sensación preciosa de estar saboreando los fonemas. Otro textos (quizá, sobre todo, los temáticos) no me entusiasman tanto, pero en todo caso me llevo del libro una impresión buenísima y la felicidad de hacer descubierto un hilo del que tirar en lo que a persecución estética se refiere. Eso y la certeza de que Collioure es, efectivamente, el lugar de los días azules.