No sabréis nunca.

Dice la contraportada que No sabréis nunca es «una novela de no-ficción». No sé si es la definición más correcta. «Novela» indica narración, relato; el libro de Manel Barriere podría concebirse más bien como un collage de pensamientos conectados, reflexiones o divagaciones motivados por escenas de la vida cotidiana del autor o por alguno de los pensamientos anteriores. Tiene, si se quiere, un punto más de ensayo que de novela. Iba a decir que tiene más de ensayístico que de literario pero no: en términos literarios, el libro es incuestionable.

Tres planos se entrecruzan en la lectura. El primero, el de la presencia: la Avenida de la Victoria a pocos metros de la casa del autor, la tierra y las balas bajo las casas, todo lo material en uno u otro sentido. El segundo, el de la obsesión – o quizá, más bien: el de la incomprensión, la incapacidad de comprender, el esfuerzo desesperado por intuir acaso alguna de las dimensiones tangibles de lo que se nos vende como pasado. El tercero, el de la construcción: el hijo, la formación de un ser humano, devenir padre en un sentido no unívoco sino profundamente auto-interrogatorio. Colándose por todos ellos, saltando de uno a otro y dotando de sentido a lo que podría no ser más que una recopilación de elementos aislados, el pensamiento-vector acerca de qué es, cómo se construye, de qué manera funciona y cuál es la relevancia de la memoria.

Mis sensaciones han ido evolucionando a lo largo de la lectura. La introducción de epígrafes o incluso capítulos enteros desgajados de la rutina diaria del autor y su familia me provocaba, al menos al principio, un cierto sonrojo. La enumeración de los detalles mínimos, la intimidad de los gestos cercanos, la descripción exhaustiva de algunos escenarios, todo esto genera la incomodidad y la vergüenza de quien está mirando sin deber por una rendija. Manel juega con soltura con la delgada línea entre la identificación del lector con la historia de vida y la ajenidad absoluta por lo preciso del detalle. Arriesga y, personalmente, creo que gana. Superada la incomodidad inicial me he descubierto diciendo: yo también pienso así. Y no tanto por lo de compartir opiniones (cosa también cierta) sino por su otro sentido: yo también construyo los pensamientos así.

No sabréis nunca propone, ante todo, una materialización de la memoria en el presente. La construcción de la memoria como agencia, como motor que impele a actuar, como realización de justicia. Frente a la lógica de las conmemoraciones oficiales que no hacen sino reconocer la prescripción del delito, el libro construye un razonamiento en el que la memoria no fosiliza ni cosifica el mundo, sino que ofrece herramientas para actuar sobre el presente. Se nota aquí la formación en cine del autor, pero también su compromiso político. No como desarrollo lineal una cosa de otra, sino quizá como consecuencias paralelas y entrelazadas de una misma sensibilidad ante la vida.

Existe una afinidad estrecha entre el hilo de pensamientos que lleva a Manel Barriere de Auswitch a Portbou pasando por el crecimiento de su hijo, y muchas de las ideas que estaban ausentes pero que sin embargo pude desarrollar en y gracias a mi formación como historiadora. Un poco en la estela benjamiana o bensaidiana de pensamiento y acción pero también en la de esto otro de Vázquez Montalbán: «Conservar la memoria significa conservar el recuerdo de cuáles eran nuestros deseos (…). Aquel que recuerda se convierte en desestabilizador, porque el que recuerda puede soñar en el salto hacia el futuro y de nuevo retornar el discurso de la utopía”.

Concluyendo: un libro calmado, interesante, que no te pide ansiedad lectora sino que te sugiere parar cada poco, arrastrar durante días el regusto de alguna reflexión concreta, examinar también tú, como el escritor, tu vida, para luego seguir leyendo.

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