Sigo leyendo a Ángel González. Éste ha sido mi poemario de octubre, que me apetecía especialmente tras el buen sabor de boca que me dejó Procedimientos narrativos en julio (agosto). Bastante más largo y analítico que el anterior, se divide en cinco partes como si de un manual de crítica literaria se tratase: «Poemas elegíacos», «Poemas épicos y narrativos», «Metapoesía», «Poesías sin sentido» y «Notas de un viajero». Por el tipo de ejercicio, me ha recordado un poco a lo que ya había hecho en Grado elemental. En todo caso, hay siempre en los poemas la sospecha de un doble sentido, la casi absoluta seguridad de que el poeta ha logrado decir más cosas de las que parecen a simple vista. Algo muy propio de Ángel González y probablemente una de las cosas que más me guste de su poesía.
No voy a hablar aquí de los rasgos fundamentales de su estilo porque es algo que llevo haciendo desde hace más de un año. Para quien me visite de nuevas, podéis buscar las reseñas de sus poemarios anteriores en el archivo de lecturas pasadas. En Muestra, corregida y revisada… no hay en ese sentido nada nuevo. Pero sí encontramos una consolidación de sus formas y temas más característicos y un despliegue, delicioso como siempre, de ese humor torcido y de esa media sonrisa en la cara que se le quedaba (estoy convencida) al escribir según qué cosas.
Reseña cortita, pues. Está aquí el poema «Glosas a Heráclito» que ya había leído en varios sitios pero que no deja de maravillarme («Nadie se baña dos veces en el mismo río. / Excepto los muy pobres»), vuelve el motivo del paso del tiempo y también esa mirada hacia la dictadura que una vez definí como digna de caricatura de Quino. Diría que «Notas de un viajero» es la parte que menos me ha convencido. Por lo demás, hay poemas llanamente preciosos – diría que de manera especial entre las elegías. Si tengo que elegir, me quedo con «Eternidad en la nada» y ese final de genio: «Abandona cuidados: / lo que ha ardido / ya nada tiene que temer del tiempo».