31 de agosto. Se acaba el verano y yo aquí estoy, escribiendo con prisa la crítica del que debería haber sido mi poemario de julio y apurando apenas la lectura (ahora sí) del número ocho. Hace año y pico ya que empecé la obra completa de Ángel González. Y más allá de un interludio formal demasiado borroso, he de decir que fue una decisión maravillosa.
Procedimientos narrativos es un poemario cortito, perfecto para la urgencia de mi desastre con los tiempos, que empieza de manera evidente (1: «Empleo de la nostalgia») y se va desgranando en hasta once poemas. Se permite el poeta un único juego de palabras («Ciencia aflicción») y esconde bajo el resto -repertorio de fórmulas esperables a partir del título- una colección de contenidos tan indiscutibles como sorprendentes. Me gusta pensar que es uno de esos poemarios en los que percibo por parte de Ángel González una cierta autosatisfacción: como si lo hubiera escrito, antes que nada, por puro disfrute personal. Lo imagino así, sentado en alguna especie de escritorio, cuadrando los versos de «Final conocido» y soltando, al final, una carcajada. Un poemario-travesura.
Éste ha sido, de algún modo, un poemario que ha atravesado mi verano. Debería haber sido el de julio, al final lo abrí en agosto y escribo esto ahora rozando septiembre. Arrastré el libro por media Península con una fe ilusa en mi disponibilidad de tiempo libre y finalmente lo leí en pleno centro (Segovia), al borde de una piscina y aguantando yo también la risa. Por eso me quedo (cómo no) con «Del campo o de la mar», que para mí fue una oda a estas semanas impresionantes (vivan las vacaciones) y un lamento por el hecho de retomar (mañana) la jornada laboral completa. Por aquí, de manera excepcional, lo dejo.
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Huimos con nuestros enseres y nos despertamos por los campos,
buscando preferentemente las orillas del mar y de los ríos.
(Dejamos atrás la desolación, el sufrimiento,
la ciudad desierta y calcinada.)
No sabíamos qué hacer en las mañanas
y marisqueábamos despacio por los acantilados
o, tumbados bajo el sol,
dejábamos que el tiempo planease sobre nuestras cabezas
-tenaz y lento como un buitre-
nuestra futura destrucción, quizá inminente.
Thelonius Monk, Vivaldi y otros monstruos
nos roían las entrañas, percutían
en nuestras vísceras, colmaban
los cuerpos de deseo, de sed de alcohol, de angustia por las tardes,
y la noche nos expulsaba con violencia fuera de nuestros refugios.
Impulsados por algo parecido al miedo,
acudíamos entonces en busca de otros rostros,
gentes de todo el mundo compartían nuestra urgencia,
acosados por ritmos y canciones
-el rock igual que un látigo cruzándonos el pecho-,
donde quiera que fueras Bob Dylan te encontraba.
Estábamos seguros de que todo era inútil,
mirarse, sonreír, hablar incluso,
besar, amar, nada nos salvaría.
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Nadie nos salvará,
nosotros mismos
nos entregamos, dóciles:
era imposible resistir más tiempo.
El regreso fue largo y doloroso.
La carretera estaba intransitable,
había policías en los cruces,
subimos a los trenes atestados,
los niños pedían agua,
las mujeres mostraban sus muslos sin malicia,
indiferentes, fatigados, sucios
-no había dónde sentarse-,
así llegamos.
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Perdida la costumbre, los asombrados ojos
trataban de orientarse penetrando las ruinas.
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El otoño oxidaba la ciudad y sus parques.
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Definitivamente,
el veraneo había terminado.
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