El amante de la China del Norte.

Ni un verano sin Marguerite Duras. Compré este libro de segunda mano hace algunos meses en medio de ese afán de acumulación que va siempre precedido de los nombres bellos: tengo fácilmente seis u ocho títulos de Duras sin leer en casa. Lo escogí hace unas semanas al azar entre el resto, más que nada movida por la intención de retomar el hilo argumental de El amante. Fue la primera novela suya que leí (tenía entonces dieciséis o diecisiete años) y me apetecía volver a sentir el mismo ambiente cargado que me inundó entonces. Pensaba que El amante de la China del Norte era algo así como la continuación, si es que podía haberla. Me equivocaba: es exactamente la rescritura.

Hay en el libro dos características inusuales en la narración literaria -no del todo en la de Duras, si una lo piensa bien: está escrito en un estilo prácticamente guionizado (con indicaciones estéticas bastante exactas por parte de la autora para quien tuviera interés en grabar la historia) y plagado de referencias a El amante. «Aquí están de nuevo, convertidos ya en los amantes del libro». Aparecen también alusiones a otros títulos de la autora, como en un laberinto de referencias donde la memoria de la historia concreta da saltos al futuro explicitando las cristalizaciones literarias que tal o cual meandro habrá tenido a la altura de 1991.

Se puede leer El amante de la China del Norte sin haber leído antes la otra novela, pero tendría poco sentido. Las descripciones se dan por ya conocidas, así como el carácter de los distintos personajes. Se resumen pasajes que, se dice, ya fueron suficientemente largos antes. Se corrige una u otra precisión quizá exagerada o que se quedó corta. Duras mezcla su estilo particular para guionizar películas con concesiones personales en el paso puntual a la primera persona autobiográfica y ese halo, tan tremendamente suyo, de densidad narrativa. De atmósfera pesada, se diría. De tan sugerente, irrespirable. Que se agarra en la garganta impidiendo a veces pasar la página, cambiar de párrafo, acabar la línea. Que se pega en el estómago y en la parte interna de los párpados y hace verter sangre en torrentes. Menuda delicia.

La China del Norte (título que Duras nos cuenta que estuvo barajando) no es El amante, pero merece muchísimo la pena leerlo para completar la historia. Nos permite detenernos en los diálogos y en las ambivalencias, poner otra capa sobre la narración primera, acceder un poco más a la incomprensión profunda del libro. Y es perfecto para trastornarte las noches asfixiantes de agosto, claro. Lo dicho, menuda gozada.

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