Me resistí a Las malas durante más de un año, como suele pasarme con todos los booms del mundillo literario: hay tantísimo bueno por leer que siempre me da pereza la idea de caer en el último éxito. Hace un par de meses, sin embargo, el libro llamó mi atención desde la mesa central de la librería. Por qué no, pensé, puede ser buena lectura para el verano. Y, joder, menos mal. Las malas es tan bueno, tan arrollador, que diría que ha sido mi mejor lectura del año si no fuera porque en este 2021 leí Boulder y me inicié con Mercè Rodoreda. La competencia es peliaguda, vaya. Pero es que menudo pedazo de libro.
Dice la contraportada que en la voz literaria de la autora se juntan Marguerite Duras, Wislawa Szymborska y Carson McCullers. A mí, sin embargo, Camila Sosa me recuerda irremediablemente al teatro de Lorca, que ella misma menciona en ese «todas las travestis somos Yerma». Un Lorca mujer ungido por toques de realismo mágico que corporaliza la narración valiéndose de esa parte de la belleza más terrible y dolorosa. La violencia, la celebración, el sufrimiento como destino pero también la vida abriéndose paso. Los personajes trágicos, enteros y tan complejos que asombran por lo sencillo; las metáforas animales que lo impregnan todo: la mujer pájaro, la mujer lobo, los mastines en la puerta de La Tía Encarna, la imagen de la manada.
Se ha escrito tanto ya tanto del éxito de la argentina (de lo que tiene de autobiográfico, sobre todo) que me cuesta no caer en repeticiones. Me interesa recalcar, sobre todo, tres cosas. La primera, el baile de temporalidades. Camila Sosa alterna recuerdos de su infancia con fracciones de relato de diferentes momentos de su vinculación con la casa rosa durante sus años de universidad, por lo que cuesta mucho hacerse una idea de cuánto tiempo ha pasado entre unas escenas y otras. Solamente hacia el final del libro, cuando se deja intuir la edad de El Brillo de los Ojos (ya habla, ya va a la escuela) y se distancian las visitas a La Tía Encarna (desde la última pasaron siete meses, nos dice) la temporalidad se hace visible y el orden cronológico se escenifica. La historia pierde con ello esa pátina de mundo de cuento para adoptar el gris mundano de la realidad diaria. No hay ya más maquillaje ni ilusión alguna que camufle la desgracia y la miseria.
La segunda es una némesis doble. Primero con el padre: el hombre que Camila no quiere ser. La violencia, los golpes, las amenazas de muerte, el engaño a la madre. «Aquel animal feroz, mi fantasma, mi pesadilla; era demasiado horrible todo para querer ser un hombre. Yo no podía ser un hombre en ese mundo». Después, o quizá desde ya bien temprano, el odio de clase. El descubrimiento de que la condición personal es resultado y necesidad del lujo de otros. De las buenas formas de otros. Del buen gusto de otros. La exposición del safari al que las niñas pijas se arrojan por aburrimiento o por hipócrita mediocridad (negativa a romper con su mundo, en el que se performan como parias). Durísimamente cierto y tremendamente bien seleccionadas las dos imágenes que lo ilustran: Las Cuervas y el mundo universitario.
El tercer aspecto que me fascina es el recurso a la animalización, la construcción de un cuerpo colectivo que vaga por el Parque y se mueve de manera sincronizada, que piensa al mismo tiempo, que comparte en cierta forma las señales sensoriales. La imagen que abre el libro (la manada de travestis refugiándose del frío) me sigue pareciendo la más potente en este sentido – quizá por lo que tiene de inesperado. Hay una construcción de lo colectivo (no sé si diría comunitario) que no es ajena al conflicto ni a la disincronía pero que funciona como un brazo articulado o un testudo romano. Ese cuidar las unas de las otras de quien no tiene nada.
«¿Qué hacer con la certeza de que la mirada del otro dice lo mismo que la nuestra, que es posible por un momento amarse con alguien, que es posible salvarse, que la felicidad existe?», nos pregunta Camila Sosa. Y también: «Vas a terminar en una zanja», me decía mi papá desde la punta de la mesa. «Tenés derecho a ser feliz», nos decía La Tía Encarna desde su sillón en el patio. «La posibilidad de ser feliz también existe».
Gracias por la recomendación parece un libro interesante y nunca había oído hablar de él. Tampoco es que este muy al día con las novedades. Las obras de Lorca me gustaron y tengo curiosidad por conocer a esas mujeres/animal. A ver si lo encuentro en la Biblioteca cuando acabe los libros que estoy leyendo ahora.
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