El que debería haber sido mi poemario de junio lo he leído en julio, confinada y con la calima pesada de las tardes eternas. Son días raros en casi todos los sentidos posibles, así que ya perdonaréis este retraso tras año y medio cumpliendo puntualmente. Prometo ponerme al día este mismo mes sin falta.
Pedro Salinas siempre ha sido un poeta especial para mi madre. No sé si es su preferido (a la hora de la verdad, qué poco hemos hablado de las cosas que verdaderamente importan), pero si echo la vista atrás constato su presencia permanente sobrevolando la casa. Esta antología me llegó por correo hace ya unos meses y está firmada: Julia Gómez (mi madre), Julia Cámara. También dice, en una dedicatoria de hace décadas: «a Julia, deseándole éxito en la búsqueda». Y luego está prologada por Cortázar, pero no sabría decir cuál de estas cosas me parece más importante.
Dice Cortázar (otro Julio) que «así hemos amado todos: los libros, el cine, las carreteras, la metafísica, la lucha política, los paisajes se desgajan de nuestros amores y les dan su último sentido». Los poemas de amor de Salinas tienen mucho de eso, pero llega un punto en el que, de tanto desprenderse de accesorios, son tan etéreos que se alejan de la carnalidad que yo siento. La metáfora recurrente (la amada invisible, impalpable, innombrable, indescubrible para el paso del tiempo) no puede asirse. Y sin embargo, hay en la búsqueda de la exactitud trazas de un cierto existencialismo en el que sí me reconozco. Ese «A ti te acerca tu presente. Ser / es estar siendo». Y también otras cosas bellas: «Yo no necesito tiempo / para saber cómo eres: / conocerse es el relámpago».
Leer a Pedro Salinas me ha ayudado mucho en los primeros días de esta cuarentena extraña, con sabor a los veranos de mi infancia sin que ningún elemento concreto pueda justificarlo. El poeta me ha parecido suave, amable incluso en las ideas malas, lejano de lo cursi a pesar del recurso (que tan poco suele gustarme) a estrellas y pájaros en sus metáforas. Tremendamente sólido lo que ofrece. Su ritmo es simplemente eso: bonito. Y cuánto bien pueden hacer las cosas bonitas.
Suelo. Nada más.
Suelo. Nada menos.
Y que te baste con eso.
Porque en el suelo los pies hinchados,
en los pies torso derecho,
en el torso la testa firme,
y allá, al socaire de la frente,
la idea pura y en la idea pura
el mañana, la llave
-mañana- de lo eterno.
Suelo. Ni más ni menos.
Y que te baste con eso.