Sender pasó a ser uno de mis autores favoritos en cuanto leí 7 domingos rojos. Lo descubrí de casualidad a modo de cita encabezando otro libro (¿La lucha por Bacelona de Chris Ealham, podría ser? Demasiada pereza levantarme a comprobarlo ahora): «la calle no es de nadie aún / vamos a ver quién la conquista». Tan arrebatador y brillante que se me atragantó aquí en el pecho y decidí que debía leerlo. Antes, hacía ya mucho, había pasado también por Réquiem por un campesino español, claro. Pero es que justo después leí Por quién doblan las campanas y Hemingway es mucho Hemingway. Eso, y que menudo librazo.
El caso es que cuando descubrí que Sender había escrito sobre el cantón de Cartagena y que Editorial Contraseña acababa de reditar el libro me fui corriendo a comprarlo. Llevo ya bastante tiempo sintiéndome huérfana en un cierto sentido, buscando construirme una genealogía propia de luchas y procesos revolucionarios de Murcia, y me hacía muchísima ilusión la idea de poner la primera piedra con Sender. Con Aragón, al fin y al cabo.
Míster Witt en el cantón está organizado en tres «libros» o partes cuyos capítulos se corresponden con meses. Desde el marzo precantonal hasta un diciembre que predice ya la derrota, la narración confunde los sucesos sociales y políticos de la ciudad de Cartagena con el narcisismo atormentado de Míster Witt, un ingeniero británico de 53 años casado con una loquina de 35. Todo el primer libro (marzo, mayo, julio: comienzo de la insurrección) asombra por la exactitud con que el aragonés describe Cartagena y alrededores. Escombreras, El Hondón, Santa Lucía. La muerte de Cristobaliyo. Hozé al frente de la huelga de los obreros del metal. Una tierra siendo digna, al final.
El modo en que Míster Witt ha logrado hacérseme absolutamente despreciable conforme avanza la historia (y mucho antes de llegar a su giro más evidente) le confiere seguramente una credibilidad humana que contribuye a sostener el relato. Su incapacidad para comprender a Milagritos queda reforzada, sospecho que intencionadamente, por un reguero de pistas sin cerrar que Sender nunca aclara. La manera en que el el escritor es capaz de exponer situaciones abiertas a la valoración personal del lector se repite en todas sus novelas. Aquí, dos apuntes: mi convicción absoluta de que Milagros no profesaba, por su primo, más que compromiso político y voluntad de unirse a la causa (ese «llévame» dicho por ella pero recogido por Carvajal en carta), y mi cabreo impotente al ver que en Hellín y en otros momentos Paco el de la Tadea logra ser convencido por Antonete. También, la maravilla de pensamiento del cónsul inglés al final de octubre, cuando Míster Turner descubre que ya no cree en las simpatías de Míster Witt por el movimiento. Y la muerte en vida de Milagritos con su decisión final, que soy incapaz de aceptar y que (afirmo) no logro encajar en la fortaleza del personaje.
Más allá de la psicología de los personajes y de la brillante construcción histórica que el autor levanta (y que aparece desgajada a la perfección en el muy interesante prólogo de José Domingo Dueñas), lo que a mí me interesa especialmente es el modo en que Sender logra hacer de las pasiones de la vida un todo inseparable. Dice el autor en una entrevista que ese «es el planteamiento de un problema frecuente en mis modestas novelas. El inconsciente erótico del hombre o de la mujer ligado con el inconsciente colectivo en el panorama de una revolución». Y posiblemente sea esto lo que más me fascina del aragonés desde aquél diálogo de 7 domingos rojos en el que Star, la adolescente anarquista, afirma «con una expresión descompuesta» que ha salido a cazar un hombre y Samar piensa para sí que «esta chica (…) ha hecho la revolución dentro de sí misma, se ha entregado con frenesí a la victoria».
En mayo, Míster Witt descubre que su mujer está «llena de acontecimientos en potencia, de fiebre de los hechos ya a punto de cumplirse». Y piensa: «no es sólo la primavera». ¿Dónde acaba mayo y empieza la insurrección? ¿Dónde está la frontera entre pulsión erótica y pulsión política revolucionaria? ¿Y cuánto hay en nosotras mismas, en nuestros cuerpos atravesados por estos otros meses, de cada una de ellas? O quizá vivimos para siempre en Mayo, a punto de izar la bandera turca porque no nos quedan más trapos rojos tras las murallas.