Poemario de marzo. Llevo leyendo a Ángel González desde mayo del año pasado (he tenido que consultarlo) y pretendo, sin prisa pero sin demasiadas pausas, terminar de leer su obra completa este año o a comienzos del que viene. Ya he dicho otras veces que no era mi intención leer a ningún poeta así, pero lo cierto es que me resulta estimulante tratar de seguir la evolución personal y artística del autor, así como la del contexto político y social en el que fue publicando.
Tratado de urbanismo es su quinto poemario y apareció por primera vez en 1967. Se nota en él el paso de los años y la distancia con respecto a la posguerra. También la adultez del autor: es un poemario cansado, que se arrastra agotado por una vida demasiado dura (qué jodido esto de sobrevivir por los propios medios). Su primera parte, «Ciudad uno», compone una recopilación de desengaños en la que se intuyen pese a todo los giros irónicos más presentes en poemarios anteriores. «Zona residencial» es posiblemente quien mejor conserva ese humor que hace un tiempo describí como más propio de un chiste de Quino. Al contrario, es «Lecciones de buen amor» el que mejor condensa el espíritu general de estas páginas: un cinismo no propio sino observado, una amargura masticada con cuidado, una rutina solidificada en el cuerpo.
La segunda parte del poemario, «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», la he leído un poco por encima. Me parece sobre todo el resultado de un ejercicio artístico de creación, pero esconde al final un pequeño tesoro: «La paloma (versión libre)». El poemario acaba con «Ciudad cero», cuyos tres poemas, («Ciudad cero», «Evocación segunda», «Primera evocación») me han parecido la parte más interesante de la obra. No es sólo que sean bellos: es la forma en que trae al presente los recuerdos difusos de la infancia, las sensaciones de la guerra, la ausencia de la madre, el llanto adulto a destiempo, el reconocimiento en una derrota económica que no es sino haberse negado a colaborar. Me gusta especialmente ese juego de luz y sombras en «Evocación segunda», ese decir sin estar realmente diciendo, el desmoronamiento del criterio social para ser buena persona.