La calle de las camelias.

He vuelto a leer. Veremos cuánto me dura o, mejor dicho, cuánto me deja el trabajo pendiente, pero los últimos días me he quitado por fin algunas losas que arrastraba desde hacía tiempo y he vuelto a sacar ratos (un par, de momento) para el goce estético. Mercè Rodoreda es una de las escritoras favoritas de mi amiga Laia y encabezaba desde hacía tiempo mi lista de mujeres pendientes. Y La calle de las camelias es un libro bellísimo que se devora y que te devora, de los que te ventilas en una tarde sin poder desprenderte de la sensación de que nunca será suficiente y te va llenando el estómago de algo precioso y salvaje.

Toda su primera parte, correspondiente a la infancia de Cecilia, es un paseo por un camino de satisfacción y plenitud ambiente. Se diría que todos los sentidos parecen alinearse para proporcionarte una sensación de tranquilidad y belleza plástica, incluso en momento de relativa tensión o problemas para la niña (cuando enferma, cuando se escapa). La enumeración infinita de flores (reconozco que paré la lectura en varias ocasiones para buscar fotografías en las que llegué a detenerme incluso uno o dos minutos) se combina con la figura del señor Jaime/maestro para dar lugar a un mundo mágico, siempre disponible y bello.

En la adultez, con sus diferentes etapas, Mercé Rodoreda consigue algo maravilloso: conectarme a mí misma con las reacciones de Cecilia ante los hombres que, incluso momentáneamente, le gustan. Eusebio, Andrés, Esteban. El hijo de puta de Marcos (lo he intentado, pero no consigo encontrar otra expresión que exprese lo que ese insulto) cuando la coge del cuello, le da la primera bofetada y le dice que va a cambiarla antes de besarle la boca. Hace que una quiera realmente acostarse con ellos. Y luego está el miedo. El pánico atroz. El impulso mío al vómito cuando sus arcadas. La etapa con Cosme o en el piso del mirador son probablemente de las mejores escenas de terror que he leído en muchísimo tiempo.

Algo que me fascina últimamente es la manera en que las mujeres escriben sobre mujeres. Hay una conexión comunicacional ahí que quizá un hombre aprecie (quién va a negar la calidad de los personajes femeninos de cualquiera de nosotras, en comparación con la inmensa mayoría de los compuestos por ellos), pero que seguramente sólo otra mujer comprenda. Las mujeres que aparecen en La calle de las Camelias son medias verdades (como Maria-Cinta) o pechos abiertos (como la Tere), pero jamás están ahí aleatoriamente. Constituyen el universo de realidad que da forma a toda la historia y que permite verdaderamente sobrevivir a Cecilia. Junto con los golpes y el hambre, son seguramente la materialidad que impide a la novela, a pesar de su voz, ser algo parecido a una huida introspectiva.

Y menudo goce. Qué bien estoy escogiendo últimamente y qué contenta con mis avances en esto de la sensibilidad y las cartografías lectoras.

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