No llevo un mes sin leer, pero casi: estoy encerrada escribiendo, tratando de sacar adelante unas cuantas cosas que se alargan desde hace demasiado y que amenazan con seguir criando. Socorro. Entre tanto, hace ya días (¿semanas?) que acabé mi poemario del mes y que esperaba el momento en que pudiera sentarme a escribir esto. Me lo regaló mi amiga Mar por navidades, con una dedicatoria: «para que sigas en febrero». Me pareció precioso y ahora que lo he leído aún me lo parece más. Gracias, Mar, qué bonito todo.
Dice la contraportada que Da dolor es continuación de un poemario previo (Las órdenes) y que trata sobre la muerte, la literatura y la vida. Yo no conocía a Pilar Adón (la busco en google y corro a apuntar títulos, sobre todo al descubrirle cuentos), y me parece que sus poemas tratan, más que de la muerte, del duelo. De una ausencia presente que se sobrelleva por dentro, de la ausencia total de emociones que supone la aceptación de lo no aceptable. Todo el libro emana una tristeza calma, una serenidad vacía de gestos y colmada de la tristeza desconcertante de quien lo siente todo pero no puede sentir nada. Algo que todas conocemos en mayor o menor medida y que la poeta plasma en el papel con una exactitud asombrosa.
Dos tópicos, más allá de la ausencia/espera explícita, son los que se repiten El primero es lo sacro: no lo sagrado sino lo sacro; no lo espiritual, sino la materialidad fetichista o consolatoria de los rituales, las doctrinas y los amuletos. El segundo es la vida en su dimensión ausente (la vida que se va, la que se acaba, la que se pierde), profundamente conectada con la corporalidad animal de la carne, la piel y la muerte. Y todo esto se entremezcla, en una versión corrupta, para dar forma a los hombres y las mujeres.
He disfrutado mucho con Da dolor y me ha encantado descubrir la voz personal de Pilar Adón. Probablemente «Existencia doméstica» sea el mejor poema del libro (ay Mar, ya me avisaste) tanto en su sonoridad como en su capacidad de hilar contenido. Pero prácticamente todos requieren un momento de reposo tras la lectura, algo así como una pausa contemplativa. Y reconozco que, desde hace ya semanas, abro a diario el poemario para releer uno en particular, que quiero entender como una pregunta y por el que me siento atacada (¿cuestionada?) de manera directa: «Hay una prisa a los 20 / que vuelve a los 40. / Lo de en medio es supervivencia».