Una tarde de Monsieur Andesmas.

Leer a Marguerite Duras siempre tiene algo de perturbador, un aura inquietante que siempre se espesa generando una sensación de incomprensión e incomodidad que se agudiza cuando el entendimiento va llegando. En algunos de sus libros, aquellos con las tramas más desarrolladas, esto concede a la historia un carácter fuertemente específico, un ambiente determinado que personalmente me encanta y que no podría llevar detrás ninguna otra firma. En otros, relatos que apenas llegan a serlo, es como si la escritora hubiera tan solo esbozado levemente un hecho, un pensamiento, lugar o un personaje, en un ejercicio de escritura que tantea qué puede decir y qué no decir (mostrar u ocultar) sin arriesgar totalmente la comunicación con la persona lectora. Una tarde de Monsieur Andesmas forma parte de este segundo grupo.

Los razonamientos circulares, el descubrimiento de hechos y objetos sólo instantes antes olvidados (metáfora quizá de la memoria en un sentido más amplio) y un uso irrespetuoso de los tiempos marcan profundamente todo el libro. La primera parte puede llegar a hacerse insoportable: la sensación de que no pasa absolutamente nada acrecenta la certeza en que algo definitivo está por revelarse. Las cosas nunca se dicen y hay que tratar de entenderlas a través del filtro interpretativo perezoso y gastado de M. Andesmas. Los personajes que le visitan en lo alto de la ladera parecen ser intercambiables (incluso el perro), y la casa estar rodeada de algún tipo de energía específica que desorienta, confunde y agota a los visitantes. La vejez (la senectud) y la juventud se mezclan en actitudes, reflejos y aspavientos, y hasta la duración de una tarde de espera parece eternizarse.

A mí me ha salvado (obra escuetísima) una semana de desborde de trabajo, pero no recomendaría la lectura del libro a quien no conozca ya de sobra a Marguerite Duras. Es una escritura característicamente suya, complicada y sugestiva, pero que no da forma a algo más desarrollado que permita ir comprendiéndola. Como ejercicio literario, sin embargo, me ha parecido interesante y muy logrado. Posiblemente el punto máximo de tensión (justo antes de que la mujer de Michel Arc comience a hablar al comienzo del tercer capítulo) sea uno de los picos de mayor incomodidad que he leído últimamente. La sensación de dar brazadas en mitad de la niebla – y la niña que no es niña sentada en la tierra, descubriendo de nuevo la moneda de cien francos.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar