El siglo de las luces.

Descubrí a Alejo Carpentier por una casualidad bellísima: en una calle perdida de Santa Clara, Cuba, en un barrio de bloques verdes muy alejado del centro, me topé en 2017 con una mujer que vendía libros usados. Más allá de algunos clásicos universales (García Márquez, etc.), no fui capaz de identificar ningún título. Ella me metió entre las dos manos un ejemplar precioso y desgastado de La consagración de la primavera («es el escritor de la Revolución, de nuestra Patria y de toda Nuestra América», me dijo), y pronto descubrí que efectivamente era uno de los mejores libros que había leído nunca. El siglo de las luces es (fina ironía) más conocido en Europa, y a pesar de que para mi gusto se encuentra bastante por debajo del que me vendió la cubana, he disfrutado la lectura y reconocido con gusto las trazas y el estilo de un escritor genial.

Si La consagración de la primavera parte de la Revolución española de 1936 para acabar en la Revolución Cubana (con alusiones laterales a los coletazos de la Revolución Rusa), en El siglo de las luces Alejo Carpentier levanta la narración sobre el devenir de la Revolución Francesa. Y lo hace con dos estratagemas vinculadas que demuestran la excepcionalidad del escritor cubano: mediante el traslado de la mayor parte de la trama principal a las Antillas y las colonias francesas (descentrando el relato y rompiendo así con la memoria tipificada y lineal de la Revolución) y la reconstrucción de la vida de un personaje real, Víctor Hugues, protagonista del libro, conquistador de la isla de Guadalupe, que fue sucesivamente comerciante, masón, jacobino, Agente del Directorio, Agente del Consulado y olvidado por la Historia.

La contextualización de la historia en el siglo XVIII hace que en ocasiones el relato sea, si no pesado, sí complicado para una lectura ligera. Carpentier abusa (algo habitual en él) de las descripciones profundas. Puede dedicar apartados o subcapítulos enteros a enumerar los tipos de mercancías y los olores contenidos en el almacén del padre de Carlos y Sofía, la fauna marítima encontrada a lo largo de los viajes del Arrow, o el modo en que las banderas tricolores adornaban las calles de París al comienzo del viaje de Esteban. No se trata de enumeraciones enfangosas ni de detalles innecesarios, sino de una característica fundamental de su estilo narrativo con la que nos hace comprender mejor la psicología, las impresiones y las emociones de los personajes. Sin embargo, la mezcla entre léxico tropical, naval y dieciochesco ha hecho que en ocasiones, aún sintiendo admiración y envidia, tuviera que aguantarme las ganas de saltarme párrafos enteros.

A pesar de sentirme perdida con algunos de los sucesos vinculados a la Revolución (soy consciente de la gran deficiencia que tengo en lo que a la Revolución Francesa se refiere, más allá de algunas ideas básicas sobre los jacobinos), he disfrutado un montón con la traslación de la política europea al tan distinto mundo de las colonias. Carpentier aborda con una finísima ironía la cuestión racial y el esclavismo, reflejando a los protagonistas de la Revolución Haitiana (pues sí, también se cuela en la novela) y a los cimarrones de la Guayana como personajes mordaces y muy superiores en inteligencia y (por qué no) humor y ambiciones buenas que todos los colonos y blancos pseudo revolucionarios que los rodean. Dos escenas me parecen, en este sentido, especialmente brillantes: el encuentro de L’ami du Peuple con un barco negrero tomado por los esclavos (dolorosísimo) y el desenlace final en Cayena, con la caza de negros y ese «no se puede hacer la guerra contra los árboles».

No tengo un criterio claro para ello, pero diría que si dividiéramos el libro en dos, yo he disfrutado mucho más de la segunda parte. Quizá porque Carpentier abandona ahí el mundo del comercio y los grupúsculos intelectuales y masones para centrarse más en la política colonial de la Revolución, dando pie a la aparición de las dos cosas que más me han gustado del libro: la mordacidad sangrante de la que hablaba antes, y la sensación de libertad absoluta que proporcionan las narraciones de la etapa corsaria de Esteban. Esa desaparición del tiempo y expansión del espacio, la sensación incomparable de poder tomar decisiones sobre la propia movilidad que se cargó la disciplina capitalista y que (aunque sea en forma de vacaciones temporalmente acotadas y viajes económicamente calculados) tantísimo echamos de menos desde que comenzó la pandemia.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar