Ahora que he terminado lo que con toda seguridad va a ser mi última novela del año, puedo afirmar con satisfacción que no podía haber elegido mejor cada uno de los libros que he abierto en 2020. Comencé enero proponiéndome (apertura de este blog mediante) mejorar mi ritmo lector, volver a la literatura, meterle mano a la poesía y avanzar en eso de forjarme criterio propio. Termino diciembre cerrando un libro que me ha fascinado profundamente (uno de los mejores del año, aunque no lo haya incluido en la recopilación que he hecho por redes por no tener escrito esto todavía), el último de una serie de lecturas geniales que me han proporcionado mucho placer y con las que me siento tremendamente contenta.
Boulder es la segunda entrega de una trilogía en la que se abordan la vida de tres mujeres enamoradas de mujeres. Empecé por la mitad por recomendación de Laia, que me convenció arguyendo que una lesbiana enrolada de cocinera en una barco mercante era un argumento difícilmente desbancable. Tenía razón. He devorado cada una de sus páginas con un ansia animal, a ratos cachonda y a ratos asqueada, envuelta en una red de imágenes poderosísimas que Eva Baltasar despliega con una naturalidad aplastante. Qué prosa tan poderosa, tan visceral, tan directa a la carótida. Deseando coger Permafrost estoy ahora.
Todo el libro se encuentra impregnado por dos dimensiones entrecruzadas: el deseo (la fuerza inconfrontable de la sexualidad) y una corporalidad pesada hecha de carne y fluidos. Los cuerpos articulan el conjunto de la historia aterrizando experiencias, afectos y anhelos, dándoles forma material y expresándolos a través de los órganos, de las manos, de los sudores. Cuerpos que amasan, cuerpos que maman, cuerpos que se incrustan y se cortan y se corren y sangran. Lo sensorial desarrollado a través del tacto, el gusto y el olfato hasta niveles tan reales que parecieran descabellados. A ratos una identificación con el cuerpo, a ratos un extrañamiento -maravilla absoluta esa deshumanización radical y ese asco intestino producto del embarazo. Las personas reducidas y al mismo tiempo elevadas a masa biológica de calor y sangre. Una gozada, vaya.
Me ha pasado con Boulder que, incluso en los momentos de mayor rechazo de lo corporal por la protagonista, me ha tenido en un estado de excitación constante. Las descripciones se me metían en el estómago y me mantenían alterada hasta que al día siguiente podía seguir leyendo. Desde el momento en que dice «no la follo, me afilo con ella», y también ese constante «Levanta los ojos, me encuentra. Ya lo sabe». «Sé que tengo en la mirada al animal que quiere y no sabe contenerse», escribe Eva Baltasar, o «Sus uñas, que me tragaría de una en una, brillan tanto que no parecen humanas», y yo me estremezco y detengo la lectura porque, joder, es demasiado complicado.
Hay quizá un único punto que rompe la dinámica general, que distorsiona el tono discursivo del libro introduciendo un punto de ternura limpia y perfectamente inocente: la relación de la protagonista con Tinna. Los bailes en la cocina, los paseos en bicicleta, los balbuceos y el gesto cómplice y travieso de cambiar la ropa elegida para ella por Samsa. Todo eso funciona como contrapunto a la densidad corporal de la historia, son pequeños destellos que se introducen por las rendijas de un ambiente asfixiante y que, sin restarle ni un ápice de su pulsión arrolladora, permiten que sea, más que animal, humana.