El cuarto poemario de Ángel González tiene, en mi ejemplar de su poesía completa, un marcador de color diferente: naranja. Básicamente porque pensé que se habían acabado los de color rosa y tardé días en descubrirlos escondidos al fondo del estuche, pero el caso es que este poemario brevísimo, que da nombre al conjunto del libro, es bastante distinto a los tres anteriores.
«la palabra: / amor. / Era / suficiente». Lo dice así el primer de cinco poemas encadenados, y a mí se me revolvió un poquito la lectura temiendo encontrarme con la sucesión de cosas cursis que me enseñaron que era la poesía y que llevo un año entero evitando. No ha sido el caso, por suerte, pero Palabra sobre palabra sí es, hasta el momento, el más convencional en temática (y me atrevería a decir: en imágenes) de los poemarios que le llevo leídos. Me gusta en todo caso esta forma en que me estoy acercando a Ángel González, sin saber nunca qué me deparará la obra siguiente y reflexionando o sistematizando su descubrimiento como si del proceso de conocer personalmente a alguien se tratara.
Hay un poema, el último de los cinco, con el que sí he logrado conectar realmente. Me parece bonita, suave, la forma en que construye los pensamientos y el acercamiento a la soledad y la persona amada, el yo desde el que se mira, la vida como una sucesión de decisiones que incluso en lo gozoso son, necesariamente, excluyentes y dolorosas. «Estoy aquí, / donde yo siempre estuve, / donde apenas hay sitio para mantenerse erguido. / La soledad es un farol certeramente apedreado: / sobre ella me apoyo». Y luego: «alegre, / porque tú eres mi patria, / amor mío; / y triste, / porque toda patria, para los que la amamos, / -de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- / tiene también bastante de presidio». El poema es «Aquí me quedo» y ahora, al releerlo, vuelve a sacarme una mueca triste y una cálida sonrisa.