Llevo una semana alucinando en público con el que ha sido mi poemario de noviembre, así que si tenéis algún tipo de contacto conmigo por redes sociales ya os sonará (bastante) el nombre. Descubrí a Carlos Catena gracias a Alberto García-Teresa y la sección «Voces» de la revista Viento Sur. Después he descubierto que la crítica venía hablando maravillas de Los días hábiles y su autor desde hace un año, pero no me juzguéis; yo ya avisé cuando empecé en esto que no entendía nada de poesía.
Tres hilos conductores atraviesan los poemas de Carlos Catena: su abuela (imagen del calor, del vínculo a la tierra, a los orígenes, a lo que queda de sólido en la familia y a la humanidad que tenemos dentro), la tristeza-distancia (el sexo rápido, el trabajo en el extranjero, la soledad de los pisos de alquiler), y un cansancio vital marcado por «cinco martirios: / uno por cada día hábil de la semana». Tres hilos conductores que marcan a una generación que es la mía (identifico a Carlos: un año mayor que mi hermano menor) y que nos aprisionan en esta asfixia compuesta por el vacío vital y por la angustia de clase.
Me cuesta ponerle palabras al pecho atenazado, a la bola de calor y la presión que he sentido entre las costillas a lo largo de la lectura de la mayor parte del libro. Elijo ser arrastrada, si tengo que verbalizar algo, por ese insulto a los discursos que nos educaron que es el «reconocer el trabajo como un paso más / en la coreografía de aguantar vivos». Carlos escribe «desde esta reunión blanquecina que precede al alimento» y escupe con amargura y tristeza-cansancio sobre todos los clichés generacionales de la autorrealización personal a través del empleo. He estado atravesada por esto durante toda la lectura, quizá por esta sensación mía tan permanente de que crecer no es ya crecer sino consolidar la adultez y que la vida y la salud mental no se nos pueden ir en «aguantar / los cuarenta años de trabajo que nos quedan hasta jubilarnos».
«que la tristeza y este dolor en el pecho / cada domingo por la tarde / no son la vida que queremos»
Resulta imposible seleccionar uno o dos poemas. Me quedo, quizás, con todos en los que habla a su abuela (qué maravilla) y ese en que recita (relámpago en el pecho de auto-reconocimiento): «cuando estés harto y quieras irte / ven entonces aquí conmigo / porque una vez dijiste -qué joven- / contigo yo lo aguantaría todo«.
Los días hábiles es, sin lugar a dudas, el mejor poemario que he leído este año. Leed a Carlos Catena. Y recordad: bienaventurada la jornada laboral porque se acaba.