Éramos unos niños.

«Julia, es que todo lo que lees últimamente te parece bello», me decía mi compañero anoche cuando le escribí para contarle que había terminado el libro y compartirle algunas impresiones rápidas. Y sí, es cierto. Hace ya un tiempo que no me paro de repetir algo tipo jo, qué buena suerte estoy teniendo al elegir lecturas y ahora pienso que quizá se trate de otra cosa y que por fin estoy empezando a pulir un criterio propio, un mapa que me ayuda a escoger y que me permite avanzar por terrenos valiosos. Y estoy muy contenta con eso.

La figura de Patti Smith, a diferencia de otras de su misma época o inmediatamente anteriores, nunca ha marcado mi universo de referencias culturales. Más allá de su mítico People Have the Power, mi idea de ella estaba formada por una cierta atracción estética y el hecho de que mi amiga Laia la había escuchado intensa y repetitivamente durante una etapa. Desconocía que escribía más allá de las canciones o que tuviera dibujos (muy buenos, por cierto) expuestos en sitios como el MoMa. Salgo de este libro con un puñado de hilos de los que ir tirando y la sensación de haber descubierto, más que a una persona fascinante, a alguien capaz de condensar el espíritu de una época.

Éramos unos niños es la historia autobiográfica de los años de juventud de Patti Smith, desde que llega a Nueva York con 19 años hasta que triunfa musicalmente con 29, contada a través de su relación con Robert Mapplethorne. Robert fue para Patti su compañero de vida, su amante y amigo incluso cuando ambos tuvieron otras parejas o cuando él comenzó a prostituirse y a aceptar su bisexualidad. Un pacto de apoyo mutuo en el que «unos de los dos tenía que estar siempre bien» para que el otro pudiera permitirse caer, un vínculo con el que ambos renunciaron a su soledad y la cambiaron por confianza. Sólo con esto, me entenderéis, ya me vale para hablar de la belleza. Qué forma más pura y honesta de entender la vida, el amor y la amistad. Y qué definición más preciosa de lo que debería ser todo vínculo.

Los pensamientos se me atragantan y es difícil ordenarlos de manera clara. Creo que, más allá de los primeros recuerdos aislados de infancia, el libro tiene tres partes diferenciadas que transmiten energías y sensaciones relativamente distintas. La primera (la llegada de Patti a Nueva York, su vida en la calle, el no comer durante días, el primer piso alquilado en Brooklyn con la cocina llena de jeringas) transcurre durante el periodo previo a entrar en contacto con el mundillo artístico de la ciudad y es, precisamente por eso, la que puede entenderse de manera separada. Mientras la leía no podía parar de pensar en cuando estuve allí el año pasado y en lo mucho que me costaba reconocer en la ciudad que ella narra la que yo había conocido. Sé que hay muchísimas cosas escritas sobre los procesos de gentrificación brutal que ha sufrido Nueva York y sobre la ebullición cultural que una vez fue allí posible, pero es un tema que siempre he tenido pendiente. Dice Patti Smith que la segunda vez que viajó a París le costó asumir todo lo que la ciudad había cambiado en solamente un año. Qué diría ahora que han pasado cincuenta.

Mi otro pensamiento recurrente durante todo el comienzo del libro está también relacionado con mi experiencia en Estados Unidos y tiene que ver con una cierta imagen de libertad maximizada frente a hábitos sociales europeos (o españoles, al menos) más paternalistas e infantilizadores. Sé que la contraparte es un capitalismo atroz, que tritura a las personas y las despoja de cualquier garantía básica de subsistencia; no trato de romantizar eso. Pero sí que admiro las implicaciones en cuanto a autonomía y auto-construcción que implican marcharte de casa con sólo un billete de bus a los 19 años, asumir como propio el deber de asegurar la reproducción de la propia vida, negociar alquileres, amueblar, hacer reformas, tomar decisiones por una misma sabiendo que sólo de ti dependen y que sólo tú serás responsable de las consecuencias. Y me pregunto cuánto habrá en esto de experiencia de clase, cuánto de diferencia cultural y cuánto de una época (finales de los 60) donde la vida era una cosa que definitivamente ya no existe.

Las partes segunda y tercera del libro constituyen toda una galaxia de referencias musicales, artísticas y culturales de diverso tipo imbricadas con bosquejos del universo particular (místico, mágico, estético) que Patti compartía con Richard. El cambio se da, más que con el abandono del hotel Chelsea (cómo le habría fascinado a mi yo de 17 ó 18 años oír hablar de la existencia de un sitio semejante), con la entrada de la pareja y sobre todo de Richard en el círculo social de la élite artístico-cultural neoyorquina. Aquí las referencias cambian, se sofistican, abandonan la atmósfera turbia de las páginas anteriores para pasar a incluir con normalidad alusiones a Yves Saint Laurent o a fiestas privadas en hoteles con azoteas. Yo me quedo, está claro, con la parte anterior al cambio.

Los recuerdos vagos de Patti sobre fotógrafos y pintores en cuyo trabajo me he pasado horas buceando esta semana, su encuentro con Jimi Hendrix antes de ser ella nadie, Janis cantando por primera vez Me and Bobby McGee, las cenas con un Johnny Winter al que yo desconocía y que ha sido la banda sonora de por lo menos un cuarto de mi lectura (toda la parte que hice borracha), Bob Dylan flotando como un auspicio (lo escucho ahora, mientras escribo) y la sensación de poder casi entrar en esos momentos en los que ella estuvo presente a pesar de que «era tan joven y estaba tan absorta en mis pensamientos que apenas los reconocí como momentos».

Éramos unos niños es una maravilla escrita con la sensibilidad humana y la búsqueda de la perfección estética que sólo los mejores escritores y escritoras comprenden. Lo he cerrado con tristeza pero a la vez muy contenta. He cambiado la música: suena Because the Night desde el anuncio del toque de queda. Patti Smith volverá pronto por aquí, eso seguro.

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