Grado elemental.

Poquito a poco e intercalando con otras cosas, sigo adelante con la poesía completa de Ángel González que me compré en verano. Y he de decir que la estoy disfrutando mucho. Este tercer poemario es, de lo que hasta ahora le he leído, el más dotado de un cuerpo propio externo al yo del poeta. No hay aquí, como en Áspero mundo y Sin esperanza, con convencimiento, una reflexión sobre el mundo a través de los anhelos o las derrotas subjetivas. Más bien al contrario: nos encontramos ante una descripción rotunda y casi agresiva del mundo exterior, abiertamente política y mordaz y dotada, a diferencia de sus dos primeros poemarios, de un tono violento e incluso de ira.

Más que una progresión en su evolución creativa, Grado elemental parece una obra cerrada en sí misma, perfecta en su capacidad de auto-dotarse de sentido, portadora de una forma particular que condiciona la lectura y le da parte de su significado. Dividida en dos partes («Lecciones de cosas» y «Fábulas para animales»), no cuesta mucho entender la intención irónicamente didáctica del autor, que se escuda tras formatos educativos tradicionales para desplegar toda una batería de crítica social y posicionamientos políticos. Un cierto humor triste, cansado y diría que casi macabro se esparce por todas las páginas, dando una importa unificadora y muy particular a dos bloques que quizá, de no ser por eso y por la apelación escolar, podrían pensarse desligados.

«Lecciones de cosas» hace, básicamente, lo que su título indica: fijarse en un hecho o un fenómeno concreto, inicialmente sin importancia, para desenrollar a partir de él toda una reflexión-aprendizaje. Quizá aquí es posible apreciar todavía algo de ese pensamiento desde el yo personal de sus dos poemarios anteriores, pero aparecen algunos elementos (la fealdad y la suciedad de «Estío en Bidonville», por ejemplo, la amargura masticada de «Noticia» o incluso el dedicarle un poema a la Revolución Cubana) que hacen la comparación imposible. De esta primera parte me quedo con los versos finales de «Penúltima nostalgia» (casi me asusto, por lo disruptivo e inesperado, al llegar al potentísimo «devuélvenos / también / nuestros cadáveres, / enséñanos / también / los asesinos») y con «Camposanto en Coillure».

«Fábulas para animales», la segunda parte del poemario, es una genialidad en su conjunto. Como el propio Ángel González explica en su introducción, se trata de invertir el formato clásico de las fábulas (experiencias animales que sirven de enseñanza a los humanos) y poner a los humanos a «servir de ejemplo al perro / para que el perro sea / más perro, / y el zorro más traidor, / y el león más feroz y sanguinario, / y el asno como dicen que es el asno…». El resultado es sarcástico, mordaz y doloroso, a la par que tremendamente divertido. «Elegido por aclamación» es probablemente mi poema favorito del libro. Y no te puedes quitar, a lo largo de toda esta parte pero especialmente de ese poema, la sensación fascinante de estar leyendo (que la tierra le esté siendo leve) un chiste de Quino.

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