Últimamente leo más que escribo (lo hago en los intersicios: el cuarto de hora que se retrasa en llegar un amigo, los veinte minutos sobrantes de la pausa para comer del trabajo) y se me van acumulando las entradas pendientes. Mi propósito para lo que queda de mes es tratar de ponerme al día y evitar que se me amontonen las reseñas como (si todo va bien) pasará los próximos días. Vamos a ver.
Identidades mal entendidas es una de las novedades editoriales de Traficantes de Sueños fruto de su acuerdo de traducción con Verso Books de las que estaba pendiente este año. Esperaba mucho de su lectura por varias razones: por la adscripción de Asad Haider al colectivo editorial de Viewpoint (cuyo marxismo abierto pero riguroso supone una garantía siempre y con varios de cuyos miembros he podido trabajar personalmente), por el propio título (qué forma más buena de picar a quienes ya tenemos dentro el gusanillo contra las identity politics) y, en fin, porque ya iba siendo hora de que se escribiera algo decente y sólido teóricamente sobre el tema.
El libro ha cumplido quizá parcialmente con mis espectativas. Cae, como otras cosas que he leído de la misma escuela intelectual estadounidense, en lo que para mí gusto es un exceso de argumentaciones derivadas de ejemplos ultra concretos o de un único autor o trayectoria vital. Pese a ello, tiene tres puntos fundamentales que van a hacer que lo recomiende constantemente. Lo interesante es que, aún tratándose de afirmaciones poco asumidas en el campo antagonista hoy en día, Asad Haider es capaz de presentarlas como lo que son: evidencias obvias, constataciones difícilmente cuestionables que se derivan de un análisis histórico (social) y material de la realidad en vez de tomar por cierto como punto de partida el campo de la ideología.
Primero. Las identidades no son una parte esencial (perteneciente a la esencia original) de nosotros mismos sino que se construyen en y a través de las relaciones sociales vigentes. Son por tanto históricas y situadas, inútiles para proporcionar un hilo conductor explicativo que conecte realidades contemporáneas con fenómenos de otras épocas. Dice Asad Haider (y yo me descubro gritando: ¡por fin!) que «tenemos que rechazar la identidad como base del pensamiento sobre las políticas de la identidad. (…) No acepto la Santísima Trinidad de raza, género y clase como categorías de identidad. Esta idea dle Espíritu Santo, que toma tres formas divinas y consustanciales, no tiene lugar en el análisis materialista. La raza, el género y la clase hacen referencia a relaciones sociales totalmente diferentes, y ellas mismas son abstracciones que deben explicarse en términos de historias materiales específicas».
Segundo. El capítulo central del libro («Ideología racial») me parece una brillantez que bien merece tragarse las páginas en mi opinión de sobra que tienen otras partes. El autor establece de manera meridiana algo que el movimiento antirracista está comenzando a poner sobre la mesa: que las razas existen (son objetivamente reales) no sólo en cuanto relación social sino también como construcción ideológica, y que la primera de ellas fue sin lugar a dudas la raza blanca. No entro en explicar cómo fue este proceso (el ejemplo de los irlandeses siempre ha sido mi preferido en este tipo de debates) porque así animo a que leáis el libro, pero sí quiero mencionar el que para mí es posiblemente el mejor punto del capítulo: la crítica feroz (teóricamente sólida y políticamente incuestionable) al dueto conceptual cuerpos negros / culpa blanca. Como re-biologizador, re-esencializador y ahistorizador de la noción de raza y, por tanto, contraproducente para cualquier acción política colectiva emancipadora.
Tercero. La apuesta final por un «universalismo insurgente» en la línea de las posiciones que marxistas como Nancy Fraser, Tithi Bhattacharya o Cinzia Arruzza han propuesto desde el feminismo, que no se imponga jerárquicamente sino que se construya en los procesos reales de lucha. Reconociendo, para que ello sea posible, la no homogeneidad de los grupos identitarios y la existencia, dentro de cada uno de ellos, de grupos pertenecientes o en proceso de incorporación a las clases dominantes (la élite negra, en este caso) pero también de sectores con los que el movimiento antirracista puede y debe establecer alianzas para hacer posible su propia liberación. Entendiendo que no hay emancipación sectorial posible y que «la universalidad no existe en abstracto [sino que] se crea y se recrea en el acto de sublevarse, el cual no exige la emancipación sólo para los que comparten mi identidad sino para todo el mundo; y que afirma que nadie será esclavizado».