Un cos preciós per destruir.

Hace tanto frío y tanto viento en Zaragoza que he estado a punto de escribir que éste había sido el poemario del mes de octubre. Pero no, el de David Caño ha sido mi poemario de septiembre y, paralelamente, un regalo que me hizo en agosto mi amiga Laia. Conjunción de meses, quizá, en una lectura que ha sido un poquito reto personal por el cansancio que he arrastrado durante toda esta semana (qué difícil apreciar estéticamente nada cuando se te cierran los ojos) y por tratarse, evidentemente, de poesía no escrita en castellano.

Un cos preciós per destruir (qué título precioso) me ha hecho conectar con una parte de mí que predominó sobre todas las otras entre los 17 y quizá los 23 años pero que dudo mucho que jamás desaparezca – y qué traición a mí misma sería permitir que desapareciera. Las referencias al deambular y al desarraigo que toman expresión en la forma urbana (qué hay quizás de un cierto situacionismo cansado ahí, de un flaneurismo incapaz de escapar de la burbuja del vino), la forma de abordar el suicidio y la corporalidad de la carne (la sangre, los ojos, las manos, las cicatrices, la mutilación y el desgarro), la constatación de estar vivos por desesperación, porque no es posible otra cosa. Todo eso se mezcla con una referencia densa a los bombardeos y los exilios y una no sabe ya si se está hablando del levantamiento de Varsovia o simplemente de sexo. Y Janis Joplin se deja la garganta cantando Kozmic Blues en el directo de Woodstock (la he vuelto a poner, ahora) y yo me veo con 19 años borracha y sola en mi cuarto de la residencia de estudiantes dándole la vuelta una y otra vez a los vinilos.

La metáfora recurrente de la putrefacción, de la descomposición: ¿es o no es una metáfora? Porque a veces parece que a pesar del tono nostálgico, de la tristeza pesada y anhelante de un futuro anterior seguramente inexistente, del dolor y el pecho abierto y los sueños que se confunden con los recuerdos, David Caño simplemente constata. Y qué gran narración de esta desesperación anhelante y compacta que muchas sentimos.

Me ha gustado lo de leer en catalán, parándome despacio en las palabras para tratar de pronunciarlas en silencio tal y como sé que se dicen, regodeándome en la musicalidad oscura de algunos versos y en la expresividad particular y específica que tiene todo idioma, tratando de integrar en el conjunto las palabras que no conocía antes de ir a buscarlas y romper así el embrujo. Qué alucinante es la diversidad lingüística, si lo pensamos bien, y qué impresionante la capacidad de transmitir y la belleza estética de la palabra escrita. Si tenéis posibilidad de entender catalán, leed a David Caño.

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