Sin esperanza, con convencimiento.

El segundo poemario de Ángel González lo leí casi entero en el Pirineo, sentada en una roca ardiendo por el sol y con los pies dentro del agua congelada del río Ara, después de haber recorrido unos quince metros con el libro en la mano haciendo equilibrios para no resbalarme y mojarlo entero, la mirada fija en la piedra perfecta con forma de asiento. Qué mejor escenario para el poemario del mes de agosto.

Me cuesta ver progresión en los poemas que componen la obra, a pesar de que está dividida en cinco partes a través de las que una esperaría un argumento conductor, un hilo. Sí hay continuidad, en el sentido de repetición, en torno al desgarro de la derrota: «No hubo elección: / murió quien pudo, / quien no pudo morir continuó andando». Es aquí que aparece, repetidamente y con una sutileza descarada (tanto, que algunas metáforas se te agarran a la piel por exceso al mismo tiempo de crudeza y de decoro), toda la carga social que deberíamos más bien llamar política. Ángel González gira una y otra vez en torno a la figura del derrotado, intencionadamente dudosa la razón de su derrota: el amor, el paso del tiempo, quizá la propia vida.

Seguramente el autor salta la censura de una de las formas más bellas que he leído hasta el momento, dejando siempre abierta la duda y cerrando cualquier posibilidad de ella. Para quien la referencia aparentemente descuidada a la muerte, los prisioneros y los campos de batalla no sea suficiente, hay en el poema que abre el conjunto un aviso que yo quiero pensar paralelo a una de mis canciones favoritas de Silvio Rodríguez y de la vida entera: «Otro tiempo vendrá distinto a éste. / Y alguien dirá: / Hablaste mal. Debiste haber contado / otras historias: / violines estirándose indolentes / en una noche densa de perfumes, / bellas palabras calificativas / para expresar amor ilimitado, / amor al fin sobre las cosas / todas. // Pero hoy, / cuando es la luz del alba / como una espuma sucia / de un día anticipadamente inútil, / estoy aquí, / insomne, fatigado, velando / mis armas derrotadas, / y canto / todo lo que perdí: por lo que muero«.

Tres temas, más allá de la derrota, me parecen recurrentes a lo largo de las cinco partes: el orden (el desprecio al orden, a la imposición de un cierto orden), la fe (el convencimiento del título, procedente del bellísimo «Invierno»), y un especial empeño en diferenciar el porvenir («terreno mágico») del futuro («tiempo de verbo en marcha, acción, combate, / movimiento buscado hacia la vida»). Quiero ver aquí, y en esa diferenciación paralela entre la esperanza y el convencimiento (que anida en lo material aún cuando la esperanza falta) una correlación con la distinción que Daniel Bensaïd hace entre los adivinos y los profetas: los primeros son meros estafadores; los segundos, por el contrario, plantean futuros posibles y te movilizan para realizarlos.

Quizá agarrarnos a esto nos venga bien ahora, cuando necesitamos articular esperas que no nos inmovilicen. Porque, como dice el poeta, «Es increíble: pero todo esto / que hoy es tierra dormida bajo el frío, / será mañana, bajo el viento, / trigo».

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