La vida tranquila.

Se puede decir que este verano me he rencontrado con Marguerite Duras después de muchos años y que, en cierto sentido, la culpa la tiene Daniel Bensaïd. La escritora ronda por mi cabeza desde que leí su autobiografía y descubrí que Duras le había escondido en su casa durante la ilegalización de la Liga francesa. «Yo he leído a esta mujer y me gustó mucho, ¿por qué dejé de hacerlo?», me pregunté durante todo el confinamiento. Recuerdo El amante con una sensación agridulce y aplastante que se me hace maravillosa (lo leí con 17 ó 18 años, al mismo tiempo que Seda de Baricco, y ambas impresiones se me entremezclan); luego vinieron El amor y el genial Moderato Cantabile. Realmente no soy capaz de saber por qué dejé de buscar sus libros. Una década más tarde, La vida tranquila cayó en la primera compra (de arrastre) que hice cuando abrieron en mayo las librerías.

Aunque dividida en tres partes, la novela se articula realmente en dos grandes bloques – el tercero es apenas una especie de resolución que hace las veces de epílogo. La historia está situada en algún lugar de Bélgica, aunque Duras consigue imprimir ese particular realismo mágico (si se me permite el préstamo) tan característico suyo que vuelve difícil adivinar la ubicación e incluso la época de sus historias. Hay una demarcación muy clara entre lo rural (parte primera) y la costa (parte segunda), y una atmósfera constante con tonos plomizos, pesados, tranquilos. Justo como una eterna tarde de verano, como si toda la narración cupiera en una larguísima tarde de verano en la que no pasa absolutamente nada y donde, a la vez, pasa absolutamente todo.

La forma en que la historia está contada consigue algo asombroso: dotar de una pátina de normalidad, de rutina, a toda una serie de acontecimientos que en otras condiciones habrían desencadenado cataratas de pasiones. A través de la escritura de Duras y de los ojos de la protagonista (y, sospecho, gracias también a la traducción de Pizarnik), cualquier alteración desaparece. Los aspavientos ajenos aparecen filtrados por la incomprensión de la narradora (como en el hostal de la playa) o por su encaje en un puzzle donde todo parece lógico, esperable, justamente en su sitio. Las emociones que se permiten son, ellas también, emociones tranquilas: el amor por los padres («pensé que teníamos padres sólo para permitirnos besarlos y sentir su aroma; por placer»), la admiración por el hermano, la ternura y compasión hacia una misma.

Destacaría quizá tres aspectos que atraviesan el libro y que se han marcado con fuerza en mi impresión posterior. El primero, la muerte. La comprensión de que es necesaria para que siga la vida, de que puede ser necesaria para la regulación de los estados de ánimo, de que llega y pasa como lo hacen las estaciones y las cosechas (y quizá, ligada a la muerte, el descubrimiento de una locura que ya estaba antes). El segundo, el descubrimiento de una misma, que es a lo que quiero creer que está dedicada casi toda la segunda parte. El auto-reconocimiento en lo material que nos alberga («Los pies delante de mí, debajo de mí, detrás de mí, son los míos, las manos a mis lados […]. En las calles soy perfectamente yo, me siento notoriamente encerrada en mi sombra que veo alargarse, vacilar, regresar alrededor de mí») que quiero reconocer como cercano a la experiencia de auto-descubrirse como corpóreamente mujer que todas vivimos tarde o temprano.

Y para acabar, de nuevo, el verano. Quiero creer ahora, bastantes días después de haber concluido la lectura (no pensé esto en su momento), que La vida tranquila habla en realidad sobre el verano, o al menos que recrea la esencia exacta de lo que yo sentí mientras leía tumbada en la playa en un día nublado: «Más allá del portal, en el borde del camino: el mes de agosto enteramente solo. / ¿Cómo mantenerme en el vértice de este mes, y conocer durante un segundo ese vértigo de agosto antes de septiembre?». Diría que la vida tranquila (ay) no habría podido llegar a mí en mejor momento.

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