Lo raro es vivir.

He descubierto a Carmen Martín Gaite tarde, como a tantos y tantas otras grandes de las literaturas española y catalana. La tenía apuntada desde hace tiempo muy arriba en mi lista de pendientes, puesto propiciado por mi empeño en leer a autoras y por venir la recomendación de quienes venía. Lo raro es vivir llegó con la primera compra post-confinamiento (mejor no recuerdo todo lo que gasté en libros la primera semana) y me ha resultado una lectura amena, envolvente, de fácil arrastre (ella te arrastra a ti) y expresión de un universo mental desbordante. Corro presta a por otros títulos suyos, sin lugar a dudas.

Más allá de la muerte, que sobrevuela el libro de manera evidente pero que, a mi entender, no llega a impregnar el relato ni de hecho pretende hacerlo, tres temas atraviesan la obra: la relación madre/hija (también con el padre, aunque esa me interesa menos), el tipo específico de amor que lleva a la convivencia y constituye una relación de pareja (cómo narices se construye eso, es lineal o no, acaso varía de un día a otro o entre horas, de qué va lo de la confianza y la independencia, etc.), y los impulsos que se esconden detrás de eso que llamamos forma de ser, personalidad o, en muchos casos, realización de una misma sin plan trazado alguno que poder seguir en el camino.

Martín Gaite logra algo que intuyo característico suyo pero que tendré que esperar a leerle otras obras para confirmarlo: expresar en lenguaje vulgar, no pensado para una novela (sic), reflexiones absolutamente complejas. No hay artificio alguno, expresiones floradas ni ninguna de las fórmulas esperables del dialecto literario. Los pensamientos de Águeda fluyen en el libro como los míos en mi cabeza, o quizá mejor como los de mi compañera Laura, que es quizá la persona en la que más he pensado con las tendencias a la mentira y la invención creativa de historias de la protagonista. Porque esa es otra: el libro consigue que comprendas y hasta empatices sin necesidad de que te identifiques. Basta ya de pretender que todos los tipos humanos somos iguales. Y que vivan los universos femeninos.

Uno de los temas secundarios de la narración es la relación de Águeda con Madrid, esa «ciudad que a veces se convierte en una víscera que empieza a funcionar mal». En ese vagar y deambular, tomar el metro sin sentido alguno, saltar de la cama para perseguir los bares abiertos a las dos de la mañana, en los rizofitas y la metáfora que quiero creer que es la buhardilla de paredes azules cerca de Antón Martín, ahí sí me he reconocido. Y de fondo, un ansia por vivir que es también la mía y que se entremezcla con la extrañeza que genera el reconocimiento de estar viva: «Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo raro es que lo encontramos normal».

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