Dejándome llevar por un arrebato muy grande al descubrirlo a través de alguien a quien sigo en redes, y creyendo confirmar mi intuición en las páginas de un estudio de la generación 50 que me recomendó una compañera en el trabajo, he decidido comprarme la obra completa de Ángel González. En una edición baratísima de Austral, por cierto, que tiene además ese formato manejable, compacto y ligero que es todo lo que yo le pido a un libro. Mi intención es irla leyendo poemario a poemario intercalándolos con otras cosas. El primero, Áspero mundo (1956), ha sido (¡por fin!) mi #unpoemarioalmes de julio.
Tengo pocas cosas que decir por el momento, más allá de la desolación que me produce comprobar hasta qué punto nuestro sistema educativo falla en lo que a literatura respecta. Es una sensación que he ido teniendo a lo largo de toda mi vida adulta y que se refuerza conforme voy avanzando en formación, recorrido lector y gusto propio. Recuerdo encontrar Nada, de Carmen Laforet (haceos un favor, leed a Laforet) en un puesto de la Cuesta de Moyano en mis primeros años de universidad y pensar después de haberlo leído que qué desastre, que cómo era posible que me hubieran hecho memorizar ese título y ese nombre sin ocurrírsele a nadie jamás hacerme leer esa joya. Dice un amigo que en Asturies tuvieron a Ángel González en selectividad. Bueno, a mí ni me sonaba el nombre.
De su primer poemario he de señalar que los sonetos, fórmula que generalmente me empalaga, han conseguido gustarme. Tiene algunas canciones de amor preciosas y «Muerte en el olvido» me atraviesa de bonito. Quiero intuir, en «Para que yo me llame Ángel González», un conato del contenido social que sé que introduce más adelante, y tanto éste como el poema que le sigue («Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo») me han parecido exactamente el tipo de poesía que me gustaría leer siempre. Tengo muchas ganas de meterle mano a su siguiente poemario, espero poder tener algo sobre él por aquí bastante pronto.