Poemas II.

En estos días raros no he tenido apenas tiempo ni claridad mental para sentarme a escribir, pero he recuperado el viejo hábito de cargar siempre con un libro encima y leer en los ratos vacíos (esa media hora después del gimnasio y antes de entrar al trabajo, en los viajes en autobús, mientras espero una cita), robándole tiempo al teléfono móvil y a la ultraconexión constante. El caso, que hace ya días que acabé el que debería haber sido mi #unpoemarioalmes de junio pero seguía sin encender el ordenador para escribir estas líneas. Y si leer a André Bretón es difícil, tratar de expresar la impresión que causa cuando hace ya tiempo que ésta ha desaparecido es incluso más complicado.

Esta antología recoge poemas escritos entre 1935 y 1948, y es todo lo que pude conseguir cuando le dije a mi librero que quería leer su poesía. De nuevo rompiendo mi intención, pues, de leer poemarios completos y rehuir las antologías. Me habría gustado que por lo menos la ruptura llevara implícita un estudio preliminar o comentario crítico, pero nada. Espero poder encontrar en algún momento el primer tomo de la antología (con los poemas a partir de 1914) y que el prólogo vaya ahí incluido.

Las imágenes acustres, selváticas, nocturnas y animales, recurrentes en todo tipo de poesía, adoptan en Bretón un carácter distorsionado muy lejano del sentimiento de repetición temática. El surrealismo, supongo. A diferencia de otras autoras y autores, aquí son frecuentes los poemas largos, de entre los que destaco «Los Estados generales» (12 páginas) y «En aquél tiempo» (18 páginas, procedente de Oda a Charles Fourier). Las escenas se encadenan unas otras, llevándote de un comienzo medianamente conceptualizable a lugares a los que no comprendes cómo has llegado. Es necesario un esfuerzo de concentración importante para abarcar el poema como un conjunto, pero también para extraer significado incluso de aquellos que son más cortos.

Hacia el final, entre los fechados ya en 1948, aparecen algunos más melódicos o con un ritmo más marcado. Me quedo de entre ellos con «En el camino de San Romano» y el que es, de hecho, el cierre del libro: «El abrazo poético como el abrazo carnal / Mientras dura / Prohíbe toda escapada sobre la miseria del mundo».

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