Comencé el año haciéndome el propósito de leer un poemario al mes como forma de aficionarme a la poesía y de habituarme a probar, conocer e ir forjándome un gusto en autores y autoras que nunca he tenido. La pandemia frustró la idea allá por marzo, cuando me quedé confinada en una casa (la mía) repleta de literatura y ensayo pero sin más obra poética que la de Lorca, Miguel Hernández, Gioconda Belli y alguna que otra cosa suelta que fui tanteando durante la adolescencia. De modo que se puede decir que esta antología de Ernesto Cardenal, que compré en cuanto reabrieron las liberías, corresponde a mi poemario de abril. Espero poder ponerme al día de aquí a julio.
No entraba en mis planes leer antologías. Quería iniciarme en los autores y autoras a través de esos totales finales que son los poemarios. Pero muchos de los nombres de mi lista de pendientes apenas han sido editados en Europa, o las ediciones son tan antiguas que cuesta encontrarlas incluso en catálogos de descatalogados. Así que cuando mi librero me propuso esta Antología como alternativa un Obras completas demasiado arriesgado para no saber aún la impresión que me iba a generar Cardenal, le dije que sí con los ojos cerrados. No es lo ideal pero es mejor que nada, pensé, y aviso ya de que con los poemarios de mayo y junio pasará algo parecido.
Me resulta difícil explicar la impresión que me ha causado leer a este cura nicaragüense, figura destacada de la teología de la liberación (sinceramente, la única referencia sobre su nombre que tenía yo antes de su muerte hace unos meses), Ministro de Cultura de la Revolución Sandinista y posteriormente objetor a la deriva del orteguismo. Escribe de una manera poderosa, envolvente, que te obliga a leer concentrada para no perderte ninguno de los matices y de los significados que encierran sus versos. Maneja deliciosamente los ritmos, los tonos, los giros y los tiempos, enlazando poemas en ocasiones larguísimos que se cuentan como historias y que te tienen en vilo por su final sutilmente irónico y por su belleza. Ha sido, sin duda, uno de los mejores descubrimientos del último tiempo.
Tres son, quizá, los contenidos que más me han fascinado. El primero: los cantos sobre la conquista (o mejor, sobre los pueblos que había antes y las resistencias a la conquista) española de América Latina. El segundo: las resistencias del ahora (del ahora de él cuando escribe) al imperialismo estadounidense y la búsqueda del comunismo primitivo selva por selva, isla por isla. El segundo: la alabanza a los profetas frente a las farsas adivinatorias (ay, el no determinismo de la Historia y la política profana de las revoluciones), la belleza socializada como derecho y como objetivo, la vida como el amor y el comunismo como la vida. La resurrección del hombre nuevo (de la mujer nueva) y de la sociedad nueva.
No he terminado de disfrutar del todo, únicamente, los poemas correspondientes a Cántico cósmico. Asumo que muy posiblemente el problema sea mío: nunca me llamó la atención la observación del cielo y, aunque entiendo el interés profundo en la formación del universo, se me han hecho difíciles todas las alusiones a telescopios, estrellas y quiebros del espacio-tiempo. Pero sus Salmos me han sobrecogido («el Dios que existe es el de los proletarios») y su Canto nacional, dedicado al FSLM, me ha cubierto de ese tipo de amor que es necesariamente colectivo y que necesariamente moviliza. Para buscar con calma (apunte mental) y leer con ansia muchos de sus poemarios.
«Vengan
vamos a arrancar los cercos de alambres compañeros.
Ruptura con el pasado. Es que no era nuestro este pasado!»