La propuesta que hace Libros corrientes es posiblemente una de las cosas más interesantes que han pasado a nivel editorial en el plano estatal en el último tiempo: recuperación, selección, traducción y edición de textos y documentos originales de marcado carácter social y utilidad tanto intelectual como política, en libros cuidadísimos de resultado apasionante. De esos que te gustaría exponer en plano en vez de apilar en la estantería, vaya. Ya disfruté mucho de Al servicio del pueblo, y tenía muchas ganas de meterle mano a la colección Acuse de Recibo, donde tienen además publicada (en un tomo precioso y gigantesco que me pone ojitos cada vez que entro a la librería) la correspondencia de Jenny, Laura y Eleanor Marx entre 1866 y 1898.
La formación histórica de la cacerolada recoge la correspondencia privada entre Thompson y Zemon Davis a propósito de los trabajos de ambos en torno al charivari en Francia y la rough music en Inglaterra y Gales, los dos artículos resultantes de sus respectivas investigaciones, y un segundo texto de Zemon Davis en torno a las motivaciones de los motines religiosos de católicos y protestantes en la Francia del siglo XVI. No es necesario recalcar, como historiadora, el valor que tiene el libro.
Las cartas recogidas en el libro abarcan el periodo 1970-1972 y, aunque pocas y relativamente breves, suponen un aporte fundamental que enriquece el libro y permite, durante la lectura posterior de los textos, intuir cómo fue parte del proceso de elaboración de los mismos. El hecho mismo de escribir una carta, de sentarse delante de un papel en blanco a tratar de componer una respuesta, proporciona un contexto inigualable para la reflexión pausada y la superación intelectual colectiva. Como bien dice el prólogo del libro, las cartas «son una prueba de cómo se daba la colaboración y el intercambio de ideas y perspectivas antes de que el correo electrónico y las redes sociales revolucionaran la velocidad de comunicación». Escribir en papel como sinónimo de darnos tiempo a nosotras mismas para el pensamiento sin prisas y para la solidez de los planteamientos.
Que descubrir a Thompson y su The making of the working class fue una de las cosas que me salvó en la carrera es algo que digo siempre. La existencia de una historia social que entiende e integra el valor de lo cultural sin abandonar sus bases materiales (y ahí Zemon Davis tiene también mucho que decir), que se posiciona en conflicto abierto con la Academia y que entiende la labor de el o la historiadora como un deber social y político, es un talismán al que agarrarse en mitad de las torres de cristal y del onanismo burocrático. Claro que eso fue en el siglo XX y ahora, lo sabemos bien, las entrañas del monstruo son mucho más complicadas de transitar.
Aunque ya en mitad de la desescalada, se puede decir que ésta ha sido mi undécima lectura de la pandemia. Está claro (no hace falta ser un lince para adivinarlo) que la elegí en honor a la ironía del momento y esgrimiendo una media sonrisa. Pero más allá de la comedia, como interesada por las formas de violencia popular y el modo en que éstas articulaban las prácticas sociales en los siglos de transición al Capitalismo, he disfrutado la lectura como una niña pequeña. Porque, como dice un defensor de la Fiesta de los Tontos cuyo pregón recoge Zemon Davis, «la tontería es nuestra segunda naturaleza, debe gastarse libremente por lo menos una vez al año. Las barricas de vino revientan si de vez en cuando no las abrimos y dejamos que entre en ellas un poco de aire».