Un día volveré.

Me propuse llegar a las diez lecturas durante el confinamiento y aquí está, la décima de los últimos dos meses. Ahora no sé si seguir contando o asumir que aunque nada sea igual que antes, todo ha acabado. Aunque todavía me cueste delimitar en mi cabeza a qué se refiere ese «todo».

De manera rápida, se puede decir que Un día volveré me ha gustado bastante. Se lee más rápido que Si te dicen que caí, única obra de Juan Marsé que he leído siendo adulta (mi madre me prestó Últimas tardes con Teresa cuando yo tenía unos 12 ó 13 años y asumo que no me enteré de nada; lo tengo ahí en la estantería, esperando volver a ser leído) y recrea el mismo tipo de escenario y de ambiente pesado: un barrio popular de la Barcelona de la posguerra, interpretado y percibido a través del universo masculino de un grupo de chicos. Sólo que ahora los chavales no son niños sino adolescentes y el narrador no cambia de unos a otros ni se confunde con las aventis: se mantiene fijo casi siempre (con la excepción de algunas partes donde es posible dudar de un narrador externo) en uno de los miembros del grupo, que jamás descubre su identidad ni habla jamás en el singular de la primera persona.

Marsé se demuestra de nuevo experto en los entramados de rencores y ajustes de cuentas, en el olvido como «una estrategia del vivir -si bien algunos por si acaso, aún mantenemos el dedo en el gatillo de la memoria…-«, en los personajes sórdidos y en la construcción de cartografías de cicatrices del dinero y de la miseria. Un recurso que me ha atrapado especialmente (y que quizá no percibí en Si te dicen que caí por estar camuflado entre la podredumbre general del libro) es la presencia transversal de la bebida. Los personajes beben whisky para dormir, desayunan ginebra con agua y olivas y toman no menos de cinco copas mientras trabajan. La red de realismo y asfixia que crea esto es difícilmente descriptible.

Algo que ya sabía, pero que me ha mantenido alerta y realmente fascinada a lo largo de toda la novela, es la existencia de tramas cruzadas con otros títulos del mismo autor. Las referencias a Palau y el Senda, siempre como fantasmas del pasado, se esparcen por todo el libro y me hacen dudar incluso de si Balbina es la misma mujer de quien las aventis de Si te dicen que caí cuentan que se prostituye. El cine, desde luego, es el mismo, y también el refugio de Las Ánimas. La aparición de cualquiera de estos nombres hacía que me sobresaltara con un regusto de comprensión, como cuando te están contando una historia y descubres secretamente que reconoces a la persona de la que te está hablando tu amiga.

Un gancho sin duda bien pensado: Marsé no sólo demuestra así su brillantez como novelista, sino que genera en el lector avezado la necesidad de leer cuanto antes el resto de su obra para identificar más referencias en libros pasados. O al menos, ese ha sido mi caso.

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