Sound system: el poder político de la música.

La séptima lectura de la cuarentena la he devorado en el balcón, con los pies sobre la barandilla y echándome crema solar cada media hora. Tenía clarísimo cuál quería que fuera mi siguiente lectura, y el que haya coincidido con este tiempo espectacular y con el comienzo de la desescalada no ha hecho sino multiplicar todo el potencial y toda la energía motivadora que tiene. Dice Dave Randall que, «casi siempre, lo más importante de la música no es cómo suena sino qué hacemos cuando estamos juntos escuchándola. Qué nos pasa por la cabeza cuando el grupo toca esa canción, cuando activa esa unidad de energía. Y qué haremos para liberar ese impulso que nos genera». Él ha conseguido algo parecido con este libro.

A lo largo de sus doce capítulos, Sound System desgrana una pluralidad de temáticas que, si no fuera por la sencillez con que está escrito, podría parecer apabullante: los entresijos y los intereses económicos de la industria musical contemporánea, la prohibición de determinadas tonalidades o instrumentos por parte de la jerarquía eclesiástica durante la Edad Media, el uso que la CIA hizo de la música durante la Guerra Fría, la historia del Carnaval o la energía colectiva (pero también las contradicciones) que se desprende en las raves y en los grandes festivales son sólo algunos ejemplos. Todo ello, aliñado con una cantidad de referencias y recomendaciones musicales que me van a tener ampliando mis listas de reproducción durante varios meses.

Ya suponía que el libro me iba a gustar, pero me esperaba sin duda otra cosa. Algo menos profundo quizá, más reducido al campo de los cultural studies y de las aproximaciones estrictamente culturalistas al mundo de la música. Al contrario, Dave Randall consigue hacer algo genial: un relato ameno y de lectura ligera, pero plagado de datos y con un fondo teórico sólidamente asentado, que rara vez sale a la superficie pero que puede percibirse a lo largo de todos los capítulos. Mi sorpresa fue en aumento al descubrir en el autor referencias abiertamente marxistas, hasta llegar a la confesión de haber sido, durante un tiempo, militante del mítico Socialist Workers Party. Estoy convencida de que la calidad del libro se debe en buena medida a ello: habría sido complicado que Randall se hiciera ciertas preguntas sin haber contado con formación marxista y trayectoria militante.

Subo el volumen a mis altavoces para cerrar con palabras suyas: «Lo que intento dejar claro con este libro es que la cultura importa, más de lo que mucha gente cree. Pero no cambia el mundo por sí sola. Cuando más se aleje un artista de otros espacios de lucha política, tanto menos relevante será su producción artística. (…) Métete en campañas a nivel local, nacional y global. Afíliate a un sindicato y trabaja para que sea más ambicioso y proactivo políticamente. Mira a ver si le encuentras sentido a algún partido político, y si es así, hazte militante. (…) Construye relaciones duraderas con otros activistas. Y haz música». ¡Buena lectura!

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