El cuaderno dorado.

Según mi cuenta de instagram, empecé a leer El cuaderno dorado el viernes 3 de abril. Es decir, que he ocupado en esta quinta lectura del confinamiento casi un mes del mes y medio que llevamos de momento de cuarentena. Era un libro al que le tenía ganas desde hace bastante tiempo, cuando empecé a buscar de manera sistemática autoras a las que leer con una cierta garantía (por trayectoria o por procedencia de la recomendación) de acierto y éxito. Doris Lessing estaba ahí, claro: Premio Nobel, ex militante del Partido Comunista, perspectiva feminista, etc., eso decían todas las reseñas. Así que me traje la edición de su obra magna que tenía mi madre por casa y esperé algo más de un año hasta el momento oportuno para meterle mano a sus 750 páginas. Estoy contenta de haberlo hecho, aunque las impresiones son confusas y voy a necesitar reposar algunas ideas con calma.

En primer lugar, se trata de un libro fruto inexcusable de su tiempo. Todos lo son (menuda farsa eso de la literatura atemporal o no marcada por el momento histórico), pero es imposible concebir esta obra fuera de la década de los años 50 o de los primeros años 60 del siglo XX. No sólo por el modo espectacular en que ha cambiado el mundo desde entonces, sino porque El cuaderno dorado se impregna del espíritu de un montón de cosas que entonces eran nuevas, disruptivas, que estallaban como bombas de hidrógeno y que ahora son ajenas a nuestra comprensión cultural del mundo o, por el contrario, han sido tan asimiladas que su narración resultaría anodina.

Lo pensé la primera vez con el personaje de Madre Azúcar y el papel que el libro concede la psicoanálisis: imposible imaginar algo así a partir de los años 80. Luego, con las relaciones que la escritora/protagonista y sus diferentes alter egos establecen con los hombres. La percepción subjetiva de la propia sexualidad, el tipo de disquisiciones en torno a los orgasmos femeninos o las reacciones ante extraños que interaccionan con ellas en fiestas o en la calle, todo eso carece de sentido fuera de un momento muy concreto en la historia de la emancipación femenina. Y está también, claro, el papel del Partido Comunista, de la realidad colonial y de una fase muy específica de la Guerra Fría como constructores/destructores de sentido.

El segundo aspecto relevante del libro es su estructura. Un esquema que promueve la confusión entre forma y contenido, haciendo que la lectora deje progresivamente de tener claro quién es real y qué hechos son falsos o verdaderos. El juego de los dobles nombres, las meta-novelas del cuaderno amarillo que llegan a triplicar (cuatriplicar) los personajes, la ficción escrita a diferentes niveles y la capacidad de Doris Lessing para desarrollar una historia con tantísimas líneas paralelas no ha dejado de asombrarme en ningún momento. El método (si es que puede llamarse así) de la introspección personal, la aparente expresión intuitiva de sensaciones y sentimientos, esconde en realidad una trama que tuvo necesariamente que ser gestada con un cuidado exquisito.

Yo me imagino otro cuaderno (el sexto) repleto de cuadros, líneas temporales y diagramas en árbol con la letra de Doris Lessing. Para alguien como yo, que escribe desde el impulso, eso siempre ha sido algo admirable y un verdadero misterio. Quizá diría que leáis El cuaderno dorado si queréis comprender (¿experienciar?) el tipo de pensamientos o los modos de sentir que generaron en determinado sector de mujeres los últimos años 1950. Eso es, seguramente, la impresión más fuerte que el libro me ha dejado.

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