Cuarta lectura del confinamiento. La escogí a propósito, firme en el intento de aprovechar estos días para encarar libros siempre pendientes desde hacía años, y motivada por la doble promesa de: no demasiadas páginas, letra no demasiado pequeña. He tardado sin embargo más que con las anteriores. Buena señal, supongo: después de tres semanas estoy siendo por fin capaz de retomar rutinas y avanzar con las oposiciones.
Operación Masacre es la crónica de una investigación periodística impresionante y minuciosa: la historia de un secuestro colectivo (pues nunca hubo registro de entrada en comisaría alguna) y de un fusilamiento truncado cometido por la policía argentina contra un pretendido grupo de militantes peronistas en la noche del 9 al 10 de junio de 1956. Durante meses, Rodolfo Walsh va tirando de hilos hasta localizar a los siete hombres que sobrevivieron, reconstruir los sucesos e impulsar una denuncia pública por torturas, persecución y asesinato que nunca será resuelta. En un ejercicio de microhistoria digno de Carlo Ginzburg, el autor parte de un acontecimiento concreto para hacernos entrar en toda la complejidad y brutalidad política que en Argentina tuvo el siglo XX.
El libro está dividido en tres partes: las personas, los hechos y la evidencia. En «las personas», Walsh va encadenando las figuras de las diferentes personas que acabarían siendo víctimas en esta historia. Diría que las pinta más que las describe, que las dibuja en sus hogares y sus trabajos mientras trata de intuir si tenían o no (caso de la mayoría) algún tipo de vinculación política, algún tipo de consciencia de lo que estaba pasando. Es sin duda la parte más literaria y la que más me ha gustado, aunque también «los hechos» está escrita con una sensibilidad finísima. «La evidencia» está escrita a posteriori y reproduce documentos y testimonios judiciales de las personas implicadas, en respuesta y como descarte del cuestionamiento al que el relato se vio sometido. Además, la edición que yo tengo reúne los diferentes prólogos, introducciones y epílogos firmados por el propio autor que han ido acompañando a las distintas publicaciones, lo que ayuda a conocer cómo evolucionó su trabajo y también su transformación política.
Me sonaba el nombre de Rodolfo Walsh, aunque descontextualizado. Si me hubieran preguntado antes de que Operación Masacre llegara a mis manos en forma de regalo de una amiga argentina, probablemente habría dicho que era chileno. Ahora sé que su obra es todo un hito («considerada la primera novela de no-ficción», reza la contraportada y dice wikipedia) y que a él, que formaba entonces parte de Montoneros, lo mataron en 1977, después de enviar la carta pública denunciando la dictadura de Videla que cierra mi edición del libro. Me quedo, evidentemente, con el segundo dato.