Lo único que me da miedo de la cuarentena es que, con tanto estímulo a aprovechar para hacer todas las lecturas pendientes, me acabe olvidando de las oposiciones. El caso es que de momento he aprovechado para devorarme mi #unpoemarioalmes del mes de marzo, y si alguna pega le pongo es que voy a necesitar releer despacio algunos de sus poemas, más intensos si se saborean con calma.
No entraba en mis cálculos leer a Lorde, al menos en estos primeros meses. Tenía una lista con poetas pendientes y orden de prioridades, pero tras varias visitas a la librería sin encontrar a ninguno y con ella mirándome así, retrato Mona Lisa desde la estantería, decidí que era inevitable. La edición, además, es fantástica. La había ojeado a veces, mientras buscaba otras cosas, admirada como me admiro ante quien es capaz de producir (físicamente) un buen libro. Después he descubierto que la colección Torremozas edita únicamente poesía de calidad escrita por mujeres. Una maravilla, vaya. No me juzguéis por el descubrimiento tardío, ya dije hace tiempo que en esto de la poesía soy lectora novata.
Audre Lorde es, para quien no la conozca, una referencia fundamental de los feminismos negros de la segunda mitad del siglo XX. La tenía asociada a Barbara Smith y le había leído alguna cosa, pero nunca sus poemas. El unicornio negro es uno de sus poemarios más relevantes y el primero que se tradujo al castellano. En él, Lorde habla de erotismo, de la figura materna, de diosas africanas, asesinatos racistas, lesbianismo, negritud e identidad fragmentada. El resultado es un conjunto duro y bello (cómo si no), que desprende una firmeza nacida del dolor y que se alza sobre la injusticia con la frente orgullosa.
Me quedo, si tengo que elegir (y pendiente todavía de la relectura de algunos trozos) con «Las mujeres de Dan bailan con espadas en las manos para señalar el tiempo en que eran guerreras», «Harriet», «Letanía para la supervivencia» y «Elogio de Alvin Frost». Si tenéis oportunidad, leerla. Tiene todo lo bueno: revuelve y moviliza.