Una lenta impaciencia.

Sin duda alguna, Una lenta impaciencia es lo mejor que he leído en el último tiempo. Los primeros capítulos son expansivos, arrolladores; hacía mucho que no necesitaba parar la lectura cada pocos párrafos para tomar aliento. Bensaïd conjuga sus características lucidez y agudeza políticas con una prosa espectacular y una batería infinita de citas, referencias y alusiones (literarias, filosóficas, filmográficas, populares…) que da al texto una densidad poco común sin llegar a dificultad la lectura. Esa riqueza intratexual (cualquier cosa puede estar refiriéndose a algo más de lo que percibes a simple vista) es probablemente una de las cosas que más he disfrutad (saboreado) del libro. La otra, claro, son los debates.

Presentada como una autobiografía, esta obra rara a caballo entre narrativa de no ficción (¿novela?) y ensayo no contiene nada parecido a la trayectoria lineal de una vida. Ni siquiera, me atrevería a afirmar, es demasiado útil si lo que se quiere es informarse sobre ella. El autor hace una suerte de aviso al comienzo: «¿cómo abordar una historia en la que lo individual y lo colectivo se mezclan sin cesar?». A partir de ahí, los capítulos se entrelazan abordando algunos de los debates fundamentales que han atravesado a la izquierda revolucionaria durante la segunda mitad del siglo XX, con la cuestión de la estrategia siempre de fondo y una pátina desbordante de amor por la vida.

Entrar a enumerar los diferentes temas que toca el autor sería complicado, y probablemente muchos de ellos quedarían castrados al tratar de reproducirlos. Me detengo por tanto solamente en tres aspectos, que marcan el libro en todas sus partes y que están evidentemente ligados entre sí. Es, obviamente, una selección personal, condicionada por mis empatías y filias personales. Habría muchos más, pero hoy me apetece especialmente destacar estos:

1. El internacionalismo de Daniel Bensaïd es una emoción que arrastra su escritura, su comprensión del mundo y su práctica política. En el libro dedica partes, si no capítulos enteros, a varios de los países en los que hizo trabajo para la IV Internacional: Argentina, Brasil, Portugal, México y el Estado Español. Asomarse a esas líneas es enamorarse profundamente de la gente buena que habita cada uno de ellos y de todas las cosas bellas que allí se crean.

2. No hay moral castrense alguna, disciplina monacal ni represión de los sentidos en la concepción vital y política del Bensa. Por suerte. La música, los bailes, la comida y la bebida, las berbenas o cenas con amigos, los viajes al mar y la montaña y la buena literatura construyen un universo donde, a pesar de todo, vivir merece la pena. Resulta impresionante la cantidad de referencias que maneja Daniel, su capacidad para introducirlas en la narración haciendo que su escritura alcance nuevos niveles. Una lectura consciente implica sentarse ante el libro subrayador en mano, para facilitar poder recuperar todas las referencias, todas las admiraciones, todos los títulos de canciones, de discos, de películas, cantantes y novelas de unos y otros lugares del mundo. Recoge de Fourier la idea: un error de la política civilizada es no contar para nada con el placer.

3. Militar es -esto ya lo sabemos- una pasión alegre. El comunismo es «una rabia del presente» y militamos por lealtad a los desconocidos. Hay personas (camaradas) con quienes nos une una lealtad innegociable. Uno escoge campo, primero, por un movimiento del corazón. Luego ya encontrará las razones de esas pasiones.

Leed a Bensaïd.

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