Cuentos de la Cuba socialista

Hoy he terminado esta maravilla que me traje en uno de mis viajes a Ámsterdam, donde paso siempre horas hurgando entre las joyas que rebosan las estanterías de libros de segunda mano de la biblioteca del IIRE. Y bueno, qué decir, que cuánta belleza, que cómo necesitaba volver a la literatura (demasiado ensayo últimamente), que menuda cosa Cuba y que jamás dejará de fascinarme el modo en que las revoluciones transforman también y sobre todo el sentir estético, las pasiones cotidianas y la percepción social de la belleza.

El libro es una recopilación de varios autores, la mayoría premiados por los certámenes de Casa de las Américas o 26 de Julio y todos escritos en los primeros 15 años tras la Revolución. Más allá de Alejo Carpentier (el genio conocido ya no sorprende, aunque ello no reste deleite) me he sentido atrapada, lo anoto aquí para no olvidarme, por Antonio Benítez («Recuerdos de una piel»), Edmundo Desnoes («Llegas, Noemí, demasiado tarde a mi vida») y Manuel Cofiño («Andando por ahí, por esas calles»).

Pero sobre todo (me elevo por encima del suelo cuando lo leo), Andrés Sorel hace una cosa milagrosa. Selecciona fragmentos de artículos y entrevistas de los mismos autores («cuentistas», dicen en Cuba, lo cual me parece maravilloso) sobre algo que me obsesiona: «cómo, siendo escritor, se pone uno al servicio de la Revolución sin traicionar a la literatura».

«La buena fe y el oportunismo se confunde cuando surgen proposiciones como ‘apoyar la revolución’. Por mi parte, esas palabras me resultan especialmente absurdas. Como sería también absurdo decir: apoyo mi acné juvenil, mi primer acto sexual. Pienso que cuando se plantea la necesidad de establecer (o evidenciar) un vínculo con la Revolución, lo que se demuestra es que ese vínculo no existe». Reynaldo González.

«No hay literatura inocente. Se hace literatura por amor, por odio, por una mujer, por una idea, por una injusticia, por una esperanza, por hacer bien o hacer daño, por elogiar o para criticar, pero nunca, creo, se hace literatura aislada, pura, desligada… Los artistas que niegan su responsabilidad como miembros de una comunidad y de una época, y permanecen ciegos a la vida, a sus acontecimientos y a su historia, se desvitalizan, (…) y en la medida en que cancelan su comunicación con los acontecimientos y se desenraizan de lo humano, su universo se les va haciendo más reducido y estéril. (…) Ellos mismos se han autoexiliado de la vida y la historia». Manuel Cofiño.

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